

¿Qué es un acorazado y por qué Trump apuesta por unos buques que tuvieron su era dorada en el siglo XX?
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció a finales de diciembre que alberga entre sus planes la construcción dos nuevos buques de guerra que pertenecerán a una nueva clase de naves bautizadas en su honor. Pese a que el mandatario aseguró que los buques que se ensamblarán serán acorazados, este tipo de naves tuvo su era dorada en la primera mitad del siglo XX, perdiendo su relevancia tras la Segunda Guerra Mundial para las Armadas de todo el mundo. Entonces, ¿por qué las necesita ahora el mandatario estadounidense?
'Una ciudadela flotante'
Un acorazado no es solo un gran barco con cañones. En la primera mitad del siglo XX, era un símbolo del poder del Estado, una 'fortaleza móvil', así como el principal argumento en las disputas entre las grandes potencias. Una nación con acorazados era considerada un actor importante en el mar, mientras que aquella que podía construirlos en serie adquiría el rango de superpotencia marítima.
Imaginemos un barco comparable en masa a un pequeño transatlántico de pasajeros, pero provisto de torres con cañones, en lugar de camarotes y restaurantes. El peso de uno de estos proyectiles es similar al de un automóvil ligero, mientras que su distancia de disparo es de decenas de kilómetros. Las placas de blindaje del casco y las torres tienen un grosor de varios cientos de milímetros de acero, diseñado específicamente para resistir el impacto de proyectiles igualmente monstruosos.

Históricamente, el acorazado era el elemento central de la formación de combate. La flota se alineaba en fila y los acorazados, como la infantería pesada del pasado, se enfrentaban en un duelo frontal, intercambiando descargas, donde la potencia de fuego y la resistencia decidían, en gran medida, el resultado.
Cuantos más cañones y más gruesa era la protección, más pesado era el buque y más difícil le resultaba alcanzar una velocidad alta. Asimismo, el precio para su construcción era astronómico: cada barco de este tipo era un programa a escala nacional. Pero incluso las 'fortalezas flotantes' tenían su punto débil: los acorazados resultaron ser extremadamente vulnerables a los ataques aéreos. La historia de la destrucción del acorazado japonés Yamato durante la Segunda Guerra Mundial lo demuestra claramente: la era del acorazado como amo absoluto de los mares resultó ser breve.
Los acorazados dejaron de construirse, porque eran demasiado caros y vulnerables para una nueva guerra en el mar. El desarrollo de la aviación, los misiles y los submarinos permitía atacarlos desde lejos, sin entrar en el radio de alcance de sus cañones. Mantener estas 'fortalezas flotantes' resultó poco rentable cuando los portaaviones, los buques lanzamisiles y los submarinos podían lanzar ataques más lejanos, más precisos y más baratos.
¿En qué se diferencia de otros buques?
Además del acorazado, existen otros tipos de buque de guerra, cada uno de los cuales responde a una necesidad específica de la guerra marítima.
El acorazado fue en su día el principal argumento de los Estados: una pesada fortaleza flotante que debía entrar en combate y decidir el resultado de la batalla en un intercambio frontal de golpes. Pero para que pudiera llegar a la batalla decisiva y no perecer en el camino, necesitaba a su alrededor toda una 'orquesta' de otros buques, cada uno con su propia función y características.

El crucero no es un acorazado reducido en este conjunto, sino un actor independiente. Sacrifica parte de su blindaje y 'fortaleza' para ganar en velocidad, autonomía de navegación y flexibilidad de uso. Se le confían las tareas de reconocimiento, las acciones alejadas de las fuerzas principales, el acompañamiento de convoyes, la interceptación de buques enemigos y hacer presencia de bandera en costas extranjeras. Se puede decir que el crucero es un instrumento de presión y presencia constantes: debe ser el primero en ver la amenaza, comprobar quién está frente a él, si es un comerciante, un corsario o toda una escuadra, y avisar a los suyos a tiempo.
El destructor, por su parte, parece el 'hermano pequeño' entre los grandes buques, aunque a menudo se subestima su importancia. No consta de blindaje pesado, pero tiene velocidad, maniobrabilidad y un conjunto de medios para cubrir los puntos más vulnerables de la flota. Protege a los grandes buques de los submarinos y los aviones, los acompaña en sus travesías, crea cortinas de humo, lanza torpedos y misiles, y opera en lugares peligrosos y estrechos. Los destructores resuelven tareas prácticas en toda la zona acuática: buscan submarinos, repelen ataques aéreos, escoltan a grandes buques y lanzan torpedos y misiles.
La principal diferencia entre ellos radica en sus funciones. Los acorazados se construían para el combate frontal con buques igualmente pesados: alinearse, resistir los impactos y responder con una potente descarga. Para los cruceros es más importante ver desde más lejos y actuar con mayor amplitud: realizan tareas de reconocimiento, cubren a sus fuerzas e interceptan al enemigo allí donde se revela más débil. En nuestra época, estas fronteras se han difuminado mucho: con la aparición de los misiles, las armas de alta precisión y los sistemas de defensa antiaérea, los buques modernos se parecen cada vez más en sus funciones y ya no resulta necesaria una estricta división de la flota.

Los acorazados más poderosos
El acorazado japonés Yamato, junto con su gemelo Musashi, fue uno de los mayores y más fuertemente armados buques de guerra jamás construidos. Sus nueve cañones principales Tipo 94 de 46 cm, los mayores instalados en un acorazado, y un desplazamiento de casi 72.000 toneladas a plena carga, lo convirtieron en un gigante de la Marina Imperial japonesa, aunque su papel de combate quedó muy por debajo de ese potencial: solo se enfrentó directamente a fuerzas aliadas una vez, en la batalla de Samar, donde hundió un portaaviones de escolta estadounidense y, según se indica, un destructor, recuerda The National Interest.
En 1945, cuando el mando japonés ya asumía que la guerra estaba perdida, el Yamato fue enviado en una misión final hacia Okinawa con la orden de encallar el buque para reforzar la defensa de la isla. No llegó a su destino: el 7 de abril de 1945 fue hundido por bombarderos y torpederos embarcados estadounidenses, y la mayoría de su tripulación murió en el ataque.

Otro de los acorazados más poderosos de la historia fue el USS Iowa, buque líder de una clase de 45.000 toneladas de la Armada de EE.UU. Entró en servicio en 1943, operó primero en el Atlántico —llegó a trasladar al presidente Franklin D. Roosevelt a Casablanca— y luego participó en las principales campañas del Pacífico contra Japón, incluidos los combates en las Marianas, Palaos, Leyte y las batallas del mar de Filipinas y del golfo de Leyte.
Tras la Segunda Guerra Mundial, el Iowa volvió al servicio durante la Guerra de Corea, fue buque insignia de la Séptima Flota y más tarde realizó varias misiones en Europa. Tras permanecer años en reserva y en modo de hibernación, fue modernizado y recomisionado en la década de 1980, operó en aguas europeas, en el océano Índico y en el mar Arábigo, hasta que, finalmente, fue dado de baja de forma definitiva en octubre de 1990.

Entre los colosos navales de la Segunda Guerra Mundial también destacó el Bismarck, botado el 14 de febrero de 1939 en Hamburgo. Con 823 pies de eslora y un desplazamiento estándar de 41.700 toneladas, el dictador nazi Adolf Hitler lo presentó como emblema del renacimiento de la flota de superficie del Tercer Reich. Su batería principal de ocho cañones de 15 pulgadas podía lanzar en cada andanada más de 6,4 toneladas de acero y explosivos.
En mayo de 1941, el Bismarck se internó en el Atlántico para atacar los convoyes aliados con destino al Reino Unido, lo que provocó que casi toda la 'Home Fleet' británica saliera en su persecución. Tras hundir al crucero de batalla Hood en un duelo cerca de Islandia, el acorazado fue localizado y seriamente dañado por aviones británicos el 26 de mayo. Al día siguiente, tres buques de guerra del Reino Unido lo castigaron hasta dejarlo inoperativo y envuelto en llamas; la tripulación recibió la orden de escorar la nave, que se hundió el 27 de mayo de 1941.

La 'Flota Dorada' de Trump
Los buques de guerra de última generación anunciados por Trump formarán parte de la llamada Flota Dorada ('Golden Fleet', en inglés) de EE.UU., un ambicioso proyecto del mandatario destinado a renovar la Armada del país. El presidente describió los acorazados, que podrían pesar entre 15.000 y 20.000 toneladas, como más grandes, rápidos y cien veces más potentes que cualquier buque de guerra estadounidense anterior.
Medios especializados estiman que los buques de la clase Trump desplazarán más de 35.000 toneladas, lo que los sitúa muy por encima de los destructores y cruceros estadounidenses actuales y más cerca en escala de los buques capitales de la Guerra Fría. Asimismo, indican que su eslora oscilará entre 840 y 880 pies (hasta 268 metros), con una manga de hasta 115 pies y un calado de aproximadamente 24 a 30 pies (hasta 9 metros). La propulsión se presenta como una combinación de turbina de gas y diésel, lo que permite alcanzar velocidades superiores a los 30 nudos, señalan analistas.

El inquilino de la Casa Blanca detalló que los navíos anunciados irán provistos de "cañones y misiles del más alto nivel". "También tendrán armas hipersónicas, muchas armas hipersónicas, cañones de riel eléctricos de última generación e incluso láseres de alta potencia. […] También portarán armas nucleares", declaró ante la prensa.
Asimismo, agregó que la construcción comenzará de inmediato y podría prolongarse al menos durante dos años y medio. El primero de ellos llevará el nombre de USS Defiant, precisó Trump. Además, señaló que se trata solo de los primeros buques proyectados: "Empezaremos con los dos primeros inmediatamente y luego, muy pronto, haremos ocho más. Y, en última instancia, bastante rápido, tendremos un total de entre 20 y 25".
Previamente, The Wall Street Journal sugirió que el proyecto de la Flota Dorada es parte de los esfuerzos de la Casa Blanca para aumentar su poderío naval y contrarrestar el creciente poder naval de China. Preguntado sobre si el ambicioso programa podría considerarse como "una respuesta" a Pekín, el mandatario respondió: "Es una respuesta a todos. No es China. Nos llevamos muy bien con China".
Desafíos de una industria naval en crisis
Trump sostiene que Estados Unidos necesita "buques con urgencia", ya que parte de la flota estaría "vieja, desgastada y obsoleta", pero sus planes de modernización acelerada chocan con las limitaciones actuales de la industria naval. Muchos programas, como el del submarino nuclear de la clase Columbia, acumulan retrasos mientras los astilleros operan en un "estado permanente de emergencia", según la Oficina de Responsabilidad del Gobierno. Y en este contexto, suscita envidia la capacidad de construcción naval de China, Japón y Corea del Sur.
Expertos advirtieron de que la expectativa de Trump de poner en servicio un nuevo buque en dos años y medio es poco realista, sobre todo ante la falta de planos de ingeniería y el hecho de que casi todos los programas en curso de la Armada ya sufren demoras. A ello se suma la dificultad de los astilleros para contratar y retener suficiente mano de obra, al trabajar cerca del límite de su capacidad. "Ya no tenemos la infraestructura industrial marítima y de construcción naval para hacer esto rápidamente", admite el analista Carl Schuster, excapitán de la Marina de Estados Unidos.

Otro obstáculo clave es la financiación: el presupuesto actual del Pentágono no alcanza para sufragar los numerosos y costosos planes navales del presidente.
Bryan Clark, oficial retirado de la Armada e investigador del Instituto Hudson, señala que el coste de desarrollar una nueva clase de buques con un alto nivel de tecnologías complejas sería enorme. A su juicio, "no hay suficiente dinero para financiar todos los buques" sin retirar antes de tiempo parte de los existentes, algo que no figura en los planes de Trump. Según estimaciones de Bloomberg, el primero de los acorazados de la clase Trump podría costar hasta 22.000 millones de dólares, lo que lo convertiría en uno de los buques militares más caros de la historia de EE.UU.
Según el propio presidente, los futuros buques sustituirían a los destructores de la clase Arleigh Burke, que cuestan unos 2.000 millones de dólares por unidad. En comparación, el costo de un acorazado de la llamada clase Trump podría situarse en torno a 15.000 millones de dólares, según cálculos citados por USNI News.
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