El éxito personal depende menos del coeficiente intelectual (IQ) que de la capacidad de gestionar la propia mente, según plantea el neurocientífico cognitivo y especialista en neuroimagen Adrian Owen. En su nuevo libro, 'Think Before You Think: Understanding and Mastering Executive Function', el autor sostiene que las funciones ejecutivas son las que permiten convertir la capacidad intelectual en decisiones acertadas y acciones concretas.
El autor explica que fallos cotidianos, como olvidar algo o posponer tareas importantes, están vinculados con las funciones ejecutivas, es decir, con el sistema que organiza la atención, ayuda a planificar, frena distracciones, regula emociones e interpreta lo que piensan los demás.
Según el experto, estas funciones "no determinan lo inteligente que eres. Determinan con qué eficacia utilizas la inteligencia que ya tienes".
No basta con ser inteligente
El neurocientífico también cuestiona que el IQ sea el principal indicador del potencial de una persona. A su entender, la pregunta central no es cuánta inteligencia tiene alguien, sino hasta qué punto sabe utilizarla en la práctica. "Hemos conocido a personas extraordinariamente brillantes que, sin embargo, nunca llegan a alcanzar su potencial", sentencia.
La diferencia, según plantea, suele estar en las funciones ejecutivas, que "son el puente entre saber qué hacer y hacerlo realmente". También las define como el mecanismo que transforma la capacidad en conducta efectiva: permiten anticiparse, sostener el foco, resistir tentaciones que perjudican objetivos de largo plazo y adaptarse a situaciones nuevas.

El director silencioso
Paralelamente, Owen sostiene que solemos ver la planificación, la atención, el control emocional o la capacidad de interpretar a los demás como habilidades separadas, cuando en realidad, forman parte de un mismo sistema y actúan en situaciones cotidianas, como frenar una reacción impulsiva o coordinar varias tareas a la vez.
"Apenas notamos estas habilidades cuando funcionan bien, porque operan silenciosamente en segundo plano. Es un poco como el director de una orquesta. El público nota los violines, los metales o la percusión, pero tiende a pasar por alto a la persona que lo coordina todo", precisa.
El autor añade que este mismo marco ayuda a entender por qué la enfermedad de Parkinson, el alzhéimer o el envejecimiento normal comparten alteraciones similares: lo que suele deteriorarse primero no es la inteligencia, sino la capacidad de organizar, priorizar, adaptarse y regular la conducta.
No existe una solución única
En la parte final, el especialista en neuroimagen rechaza la idea de que haya una fórmula simple para mejorar estas capacidades mentales, dado que la función ejecutiva se sostiene con factores como hacer ejercicio, dormir bien, manejar el estrés, mantener vínculos sociales y seguir aprendiendo a lo largo de la vida.
Aun así, Owen subraya que quizá lo más importante no es una pauta concreta de estilo de vida, sino entender cómo operan estas funciones, ya que eso ayuda a actuar con más intención y tomar mejores decisiones.
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