Londres, a diferencia de París, comprendía la inevitabilidad de perder sus posesiones coloniales y, a partir de cierto momento, trató de hacer que ese proceso fuera más gradual y menos traumático para la metrópoli. Pero, además de la tarea de reducir los costes prácticos —tanto para la imagen como para la economía—, existía una cuestión más amplia. El desmantelamiento del imperio dejaba en el mapa político una 'pequeña Inglaterra' (como luego se llamó al concepto nacionalista cercano al síndrome posimperial): un país de grandes ambiciones y escasas capacidades.
Encontrar un nuevo papel internacional se convirtió en una tarea urgente para el 'establishment' británico. Especialmente para Churchill, que había iniciado su carrera en el apogeo geopolítico del Imperio británico (a comienzos del siglo XX) y que después fue testigo de su crisis y declive.
La idea central del discurso de Fulton era que solo apoyándose en "el poder del mundo angloparlante y de todos aquellos vinculados a él "sería posible preservar la paz y lograr que la ONU funcionara de manera efectiva. Churchill afirma que "Estados Unidos se encuentra actualmente en la cima del poder mundial". Para un representante de un país que no hacía mucho ocupaba ese lugar, se trataba de un reconocimiento difícil. De ahí el recordatorio: EE.UU., "junto con su superioridad en fuerza… ha asumido también una enorme responsabilidad ante el futuro… Deben sentir la preocupación de que quizá no estén a la altura de lo que se espera de ustedes".

La receta era clara: "Si la población de la Commonwealth y de Estados Unidos actúa conjuntamente —con todo lo que tal cooperación implica en el aire, en el mar, en la ciencia y en la economía—, se evitará ese equilibrio de poder inquieto e inestable que podría tentar a la ambición o al aventurerismo… Si todas las fuerzas morales y materiales del Reino Unido se unen a las suyas en una alianza fraternal, se abrirán amplios caminos hacia el futuro… no solo para nuestro tiempo, sino para un siglo entero".
De ese "siglo por delante" mencionado por Churchill ya han pasado cuatro quintas partes. Resulta visible cierta resonancia con 1946: una especie de telón, ahora hecho de un material más moderno, vuelve a descender sobre Europa, aunque desde el lado opuesto. Si entonces la Unión Soviética protegía sus conquistas ideológicas y geopolíticas frente a la esfera occidental, ahora es Occidente quien se aísla de Rusia.
Más interesante aún es que la confrontación descrita por el ex primer ministro británico sentó las bases de una coexistencia pacífica relativamente sólida durante varias décadas. La Guerra Fría se convirtió, en palabras del famoso historiador John Lewis Gaddis, en una "larga paz", un período inusualmente prolongado sin guerras en Europa ni grandes conflictos fuera de ella.
A pesar de la evidente antipatía del autor del discurso hacia la Unión Soviética, Churchill no hablaba de destruirla o desestabilizarla, sino de contenerla, es decir, de mantener el 'statu quo'. Churchill exageraba el deseo de Moscú de expandir su modelo, pero al mismo tiempo reconocía su capacidad de hacerlo en aquella etapa. El propio concepto de contención, por cierto, fue formulado detalladamente dos semanas antes del discurso de Fulton por el diplomático estadounidense George Kennan. Kennan, que ejercía como encargado de negocios en Moscú, envió a Washington el famoso 'largo telegrama', publicado posteriormente en la revista Foreign Affairs bajo el seudónimo Mr. X.
En la visión del mundo descrita por Churchill, la Unión Soviética era una parte necesaria del sistema internacional. En la unión frente a un oponente tan fuerte veía la posibilidad de que el Reino Unido mantuviera un papel dirigente, subrayando constantemente que para los estadounidenses el aliado británico era vital.
Churchill murió 20 años antes del inicio de la Perestroika soviética, que condujo al final de la Guerra Fría de una forma que probablemente habría complacido al estadista británico. Kennan, en cambio, vivió 20 años después de la llegada de Mijaíl Gorbachov al poder, y en los últimos años de su vida se convirtió en un crítico severo de la política estadounidense y occidental. La expansión de la OTAN, la guerra en Irak y otros pasos fueron, en su opinión, miopes y peligrosos. La prudencia y la reflexión sobre las consecuencias de cada decisión eran —por necesidad— parte de la cultura de la Guerra Fría. Con su final, también desaparecieron.

Cuando Churchill y Kennan formularon hace 80 años la estrategia de contención, no sabían cuál sería su resultado ni cuándo llegaría. Cuarenta años después, sus seguidores podían decir con satisfacción que la vida había valido la pena. Otros cuarenta años más tarde, la certeza es mucho menor. La desaparición de aquel adversario, inicialmente interpretada como un triunfo, llevó a la desaparición del equilibrio, tras lo cual la espiral de imprevisibilidad comenzó a acelerarse.
El intento de restaurar el esquema simple y comprensible de la Guerra Fría, emprendido durante la Administración de Joe Biden ("la comunidad de democracias", "el mundo libre contra las autocracias") fracasó.
El orden liberal internacional, cuyos orígenes se remontan a los ideólogos de la Carta del Atlántico de los años cuarenta, ha sido reemplazado por las formas más prosaicas del negocio inmobiliario global. Y no puede decirse que exista una frontera clara entre ambos: la transición resultó mucho más natural de lo que muchos pensaban. Pero incluso quienes marcan el tono no saben qué resultará finalmente de sus iniciativas.
El Reino Unido no recuperó la influencia mundial que Churchill esperaba. La Guerra Fría se recuerda a veces con nostalgia: como un tiempo de confrontación regido por reglas relativamente claras. No hay que idealizarla: tuvo poco de bueno, y las viejas recetas ya no funcionarán. Los telones vuelven a bajar una y otra vez, como si se quisiera esconder algo detrás de ellos.
En 1946, justo después de la guerra más terrible de la historia, todos sabían una cosa con certeza: aquello no debía repetirse. Hoy, esa convicción ya no parece tan evidente para todos.
Por Fiódor Lukiánov, editor jefe de Russia in Global Affairs y presidente del Consejo de Política Exterior y de Defensa de Rusia



