Las elecciones parlamentarias del domingo pasado en Bulgaria terminaron con la victoria de la coalición de centroizquierda Bulgaria Progresista (BP), del expresidente Rumen Radev, alcanzando el 44,5 % de los votos.
La alianza GERB-SDS, que en su día fue dominante, quedó en segundo lugar con un 13,3 %, seguida de la coalición Continuamos el cambio – Bulgaria democrática (PP DB), con un 12,6 %.
De este modo, BP ha obtenido el número de escaños necesario para formar gobierno.
Durante su mandato, Radev, quien dimitió como presidente en enero, criticó reiteradamente a la UE por su gestión ante la crisis ucraniana. Así, denunció que mientras Kiev insiste en continuar el conflicto contra Rusia, Europa se ve obligada a pagar la cuenta que este genera.
Ante esta postura, según Fiódor Lukiánov, editor jefe de la revista Russia in Global Affairs y presidente del Consejo de Política Exterior y de Defensa de Rusia, no sorprende que a Radev lo hayan "etiquetado como un personaje prorruso".
"Para que te tachen casi de agente del Kremlin, hoy en día basta con mostrar ligeras dudas sobre la conveniencia de la línea común europea hacia aislar por completo a Rusia y apoyar sin reservas a Ucrania", señaló el analista político en un artículo publicado esta semana.
Sin embargo, sostiene que "el expresidente parece pragmático en comparación con la corriente dominante más habitual, al subrayar que los intereses de Bulgaria no pasan necesariamente por cumplir todas las directivas de Bruselas".
"No muestra ninguna simpatía más marcada hacia Moscú, y aunque tuviera algún tipo de sentimiento de ese tipo, no lo manifestaría", ya que en la UE "la disidencia se permite en dosis muy limitadas, aunque los ejemplos de Hungría y Eslovaquia muestran que los políticos más obstinados son capaces de ampliar los límites", indicó.
Sin influir en la línea de Bruselas
Para evaluar correctamente los procesos políticos en Europa, "sin caer en ilusiones", el experto sugiere que se tengan en cuenta dos factores.
En primer lugar, afirma que pase lo que pase en el este y sudeste de la UE, esto no tendrá una influencia decisiva en la política del bloque comunitario o de la OTAN.
Así, aunque el saliente primer ministro húngaro Viktor Orbán se convirtió en algún momento en una piedra en el zapato para Bruselas, Lukiánov cree que, "a decir verdad, Budapest no ha planteado obstáculos insuperables a la Comisión Europea, salvo en el último periodo, cuando Kiev simplemente le cortó el suministro de petróleo a Hungría".
Igualmente, recuerda que la aparición esporádica de objeciones en Eslovenia, Croacia o Rumanía "se limitó a intervenciones verbales", mientras que "el único comparable a Orbán en obstinación, Robert Fico, opera dentro de los límites de un país pequeño".
El experto subraya que todos los países que se han incorporado a la Unión Europea en el siglo XXI dependen demasiado de ella para poder seguir su propia línea. Y aunque considera a Polonia como una excepción, por casi haber logrado "abrirse paso en el círculo de quienes toman las decisiones", incluso en el caso de ese "país grande y ambicioso, con una política económica bien planteada", percibe "motivos para hablar de una defensa más o menos acertada de sus propios intereses, más que de un cambio en la línea europea".
"No caer en la vorágine hacia la que las empuja Bruselas"
En segundo lugar, el autor indica que claramente hay cambios en esa región y "es probable que sean cada vez más evidentes".
Desaconseja que se analicen estos giros desde una perspectiva simplista de 'a favor de Europa o a favor de Rusia', "ya que se trata de una evidente manipulación".
Lo que sucede, explica, es que los países que limitan directamente con Ucrania o que forman parte de una misma región amplia "comprenden cada vez con mayor claridad los riesgos crecientes que esto supone para ellos", a medida que aumenta la inestabilidad internacional y continúa el conflicto ucraniano.
"A Europa Occidental le parece imposible (o innecesario) renunciar al enfrentamiento fundamental con Rusia, pero las grandes potencias europeas no querrían asumir los costes directos, siendo mucho más práctico trasladarlos a los países vecinos", añadió Lukiánov.
El analista resume que la política de los países del este y sudeste de la UE "consiste precisamente en evitar los costes mediante el distanciamiento, en la medida en que les sea posible".
"En este sentido, la retóricamente muy combativa Polonia, la 'repintada' Budapest, la contradictoria Praga o la relativamente pasiva Bucarest siguen el mismo camino: cómo no caer en la vorágine hacia la que las empuja, consciente o instintivamente, la corriente dominante europea", afirmó.
Desde su punto de vista, "se está formando en la región una especie de 'coalición de los reacios', aquellos que desearían eludir discretamente la llamada a filas para el frente antirruso" y "el resultado búlgaro lo confirma".
Lukiánov describe la tendencia como "un instinto de supervivencia que se manifiesta cada vez con mayor claridad".
Y aunque cree que lo más probable es que no baste este instinto para cambiar algo de forma radical, plantea que "puede que se manifieste plenamente en la siguiente etapa, cuando la Unión Europea se enfrente seriamente a la cuestión de transformación en el nuevo contexto mundial y europeo".




