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NRx o 'la Ilustración oscura': cuando Silicon Valley empieza a imaginar un mundo sin democracia

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Una corriente de la derecha aboga por Estados autoritarios gestionados como empresas y gana influencia en las élites tecnológicas y políticas tanto de EE.UU. como de otros países.
NRx o 'la Ilustración oscura': cuando Silicon Valley empieza a imaginar un mundo sin democracia

Durante décadas, la crítica a la democracia liberal ha venido tanto desde la izquierda como desde la derecha. Pero en los últimos años ha emergido una corriente distinta, más radical y, sobre todo, más conectada con el poder económico real: la neorreacción (NRx), también conocida como Ilustración oscura. Se trata de una ideología todavía minoritaria, difícil de rastrear y sin estructuras visibles, pero que plantea algo muy concreto: la democracia no solo es imperfecta, sino un error histórico que debe ser superado.

Durante años, este movimiento fue poco más que una rareza intelectual confinada a blogs, foros y subculturas digitales. Un puñado de textos crípticos, firmados bajo seudónimo, que mezclaban filosofía política, ciencia ficción y provocación ideológica.

Sin embargo, algo ha cambiado. Lo que durante mucho tiempo fue un experimento teórico marginal ha comenzado a filtrarse —de forma desigual, difusa, pero cada vez más visible— en los centros reales de poder político y económico. Hoy, la pregunta ya no es si la neorreacción existe, sino hasta qué punto algunas de sus ideas están dejando de ser marginales para pasar a influir decisivamente en agendas políticas reales.

Una ideología contra la Ilustración

La NRx nace en EE.UU. a finales de los años 2000, en torno a la figura de Curtis Yarvin, un ingeniero informático que comenzó a publicar largos ensayos en su blog bajo el seudónimo 'Mencius Moldbug'. Sus textos, deliberadamente densos y provocadores, partían de una tesis central: la democracia liberal no solo funciona mal, sino que está condenada a degenerar.

A partir de ese núcleo, el filósofo británico Nick Land elaboró una versión más ambiciosa y radical de estas ideas, bautizándolas como Ilustración oscura. El término no es casual ni caprichoso. Se trata de una impugnación frontal del legado de la Ilustración europea: frente a los ideales de igualdad, universalidad y progreso, la NRx propone jerarquía, orden y eficiencia, incluso si eso implica abandonar la democracia.

En ese modelo, un CEO —o un monarca tecnológico— tomaría decisiones con criterios de eficiencia, no de legitimidad, y los ciudadanos dejarían de ser sujetos políticos para convertirse en algo más cercano a clientes o accionistas.

Según esta corriente, la historia no avanza necesariamente hacia mayores cotas de libertad. Al contrario: la democracia habría generado sistemas burocráticos ineficientes, capturados por élites culturales —lo que ellos llaman 'la Catedral'— que imponen consensos progresistas y bloquean cualquier transformación profunda.

De ahí su propuesta: sustituir la política por la gestión. El Estado no debería ser un espacio de deliberación, sino una estructura operativa, organizada como una empresa. Un CEO —o un monarca tecnológico— tomaría decisiones con criterios de eficiencia, no de legitimidad. En ese modelo, los ciudadanos dejarían de ser sujetos políticos para convertirse en algo más cercano a clientes o accionistas.

El salto desde los márgenes: Yarvin, Musk, Thiel y la captura de Silicon Valley

Este conjunto de ideas permaneció muchos años en un ámbito sociocultural casi subterráneo. Pero su verdadero punto de inflexión llega cuando empiezan a circular en Silicon Valley.

No se trata de que exista una 'conspiración neorreaccionaria' ni mucho menos. La clave es más sutil: ciertos diagnósticos y marcos mentales de la NRx encajan sorprendentemente bien con la cultura de las grandes tecnológicas. La fascinación por la eficiencia, la fe en la innovación como solución universal, el desprecio por la regulación política o la idea de que los sistemas complejos deben ser gestionados por expertos —no por mayorías— forman parte del ADN de ese entorno.

En ese cruce aparecen nombres concretos. El caso más citado es el de Peter Thiel, cofundador de PayPal y uno de los grandes financiadores del ecosistema tecnológico. Thiel no es un teórico de la NRx, pero sí ha formulado ideas que resuenan con ella, como su célebre afirmación de que ya no cree que "libertad y democracia sean compatibles".

A su alrededor se ha ido configurando un entorno en el que también orbitan figuras como Marc Andreessen (cofundador de Netscape) o David Sacks (exdirectivo de PayPal), que han defendido posiciones tecnolibertarias radicales y una fuerte desregulación del sector tecnológico.

Y, por supuesto, está Elon Musk (fundador de SpaceX y CEO de Tesla, tras hacerse rico con PayPal), cuya evolución política en los últimos años ha sido interpretada por numerosos analistas como algo más que un giro personal: como la expresión más visible de un desplazamiento ideológico en las élites tecnológicas hacia posiciones cada vez más críticas con la democracia liberal.

A diferencia de otros magnates, Musk no solo comparte algunas intuiciones del espíritu neorreaccionario —desconfianza hacia la regulación, exaltación de la eficiencia, rechazo de lo que denomina 'woke mind virus'—, sino que además dispone de una infraestructura de poder sin precedentes: controla plataformas de comunicación global, lidera empresas estratégicas en sectores clave y ha construido una figura pública capaz de intervenir directamente en el debate político. Su adquisición de Twitter —rebautizada como X— y su uso como herramienta de intervención discursiva han sido interpretados como un intento de reconfigurar el espacio público en términos más favorables a esa nueva derecha tecnolibertaria.

El aspecto importante aquí no es si Musk o estos actores "pertenecen" formalmente a la NRx o si la defienden explícitamente de alguna manera —no lo hacen—, sino que comparten y amplifican parte de su imaginario político: desconfianza hacia las instituciones, fe en el poder de la tecnología y una concepción del Estado como obstáculo más que como garante.

De Silicon Valley a la Casa Blanca

El siguiente paso es aún más significativo: la conexión con la política institucional estadounidense.

La figura clave aquí vuelve a ser Yarvin. Durante años, sus ideas parecían demasiado extremas para tener impacto real. Pero en los últimos tiempos han empezado a circular en círculos cercanos al poder.

El ejemplo más claro es J.D. Vance, actual vicepresidente estadounidense, que ha reconocido la influencia de Yarvin en su pensamiento político. Su entorno político, además, está estrechamente vinculado a Peter Thiel, que financió su carrera.

También se han señalado conexiones con figuras como Steve Bannon, antiguo estratega de Donald Trump, o con la propia esfera ideológica del trumpismo, que comparte con la NRx el rechazo a las élites institucionales, la narrativa del 'Estado profundo' y la voluntad de concentrar poder ejecutivo.

En ese tránsito entre poder tecnológico y poder político, Elon Musk representa un caso singular. Formado en Silicon Valley —a través de su papel en la creación de PayPal—, su influencia ha desbordado hace tiempo el ámbito empresarial. En 2025 asumió un papel directo como asesor de Donald Trump y como figura central en el llamado Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), desde el que impulsó recortes, reestructuraciones y una visión del Estado orientada a la eficiencia operativa.

Más que un ideólogo de la neorreacción, Musk actúa como un vector de transferencia: alguien que, sin adscribirse explícitamente a ese corpus teórico, contribuye a trasladar algunas de sus premisas —tecnocracia, concentración de poder, desconfianza hacia la mediación democrática— desde los márgenes intelectuales hasta los centros de decisión. Su paso por la administración, aunque limitado en el tiempo, simboliza algo más profundo: la entrada directa de figuras del capitalismo tecnológico en la arquitectura del poder estatal y la normalización de una idea hasta hace poco marginal, la de que el Estado debe gestionarse como una empresa.

Diversos análisis periodísticos han señalado que algunas propuestas concretas del entorno trumpista —como la purga de funcionarios o la concentración de poder en el Ejecutivo— recuerdan a ideas formuladas por Yarvin años atrás.

No es que la Casa Blanca se haya vuelto neorreaccionaria. Pero sí se está produciendo algo más interesante: la convergencia entre populismo político y pensamiento tecnolibertario radical, un espacio en el que la democracia aparece cada vez más como un estorbo.

El trasfondo: crisis, velocidad y desafección

Nada de esto se entiende plenamente sin el contexto. La NRx prospera en un momento marcado por la desafección política, la creciente desigualdad y la sensación de que las instituciones democráticas son incapaces de responder a los desafíos contemporáneos. A eso se suma un factor decisivo: la velocidad.

El capitalismo tecnológico opera a un ritmo que la política no puede seguir. Las decisiones económicas se toman en milisegundos, mientras que los procesos democráticos requieren deliberación, negociación y tiempo. Esa desincronización alimenta la percepción —muy presente en la NRx— de que la democracia es estructuralmente ineficiente.

En ese vacío, la propuesta neorreaccionaria ofrece algo muy seductor: orden, claridad y control. Aunque sea a costa de los principios que han definido las sociedades democráticas durante los últimos dos siglos.

Una ideología pequeña con efectos grandes

Conviene, en cualquier caso, no sobredimensionar el fenómeno. La NRx sigue siendo un movimiento reducido, sin base social amplia ni estructuras organizadas. Pero su relevancia no reside en su tamaño, sino en su posición.

Es una ideología que ha logrado algo poco habitual: influir hacia arriba. No moviliza masas, pero sí ha penetrado en círculos de poder económico y, de forma más o menos directa, en la política institucional. Y eso la convierte en algo más que una curiosidad intelectual.

Porque si algo demuestra la historia es que las ideas, incluso las más marginales, pueden adquirir una fuerza inesperada cuando encuentran el momento y el caldo de cultivo adecuado.

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