Una paradoja importante: ¿Qué hay detrás del enfrentamiento entre España e Italia tras la crisis de Ceuta?

Más allá de los controles fronterizos mutuos, lo que se pone de manifiesto en la crisis diplomática entre Roma y Madrid tiene que ver más con el diseño político de la UE y los calendarios electorales que con el destino de los migrantes.

El enfrentamiento entre España e Italia por la gestión de la crisis migratoria de Ceuta sigue abierto. Roma mantiene sus controles sobre viajeros procedentes de España y Madrid ha respondido con medidas recíprocas, en un choque que ha trascendido rápidamente la relación bilateral y ha reavivado el debate europeo sobre inmigración, fronteras y libre circulación.

La crisis ha puesto además de manifiesto diferencias profundas entre los gobiernos europeos. Ha enfrentado a España e Italia, pero también ha alineado en determinados planteamientos a ejecutivos ideológicamente tan distintos como el conservador de Giorgia Meloni y el socialdemócrata de Mette Frederiksen en Dinamarca.

La Unión Europea comparte instituciones, mercado, moneda en buena parte de su territorio y, en Schengen, un espacio de libre circulación, pero continúa formada por Estados con intereses económicos, prioridades estratégicas, geografías y opiniones públicas diferentes. En un asunto tan sensible como la inmigración, esas diferencias se hacen especialmente visibles. El episodio llega, además, después de años de endurecimiento de las políticas migratorias europeas y de creciente presión electoral sobre los partidos tradicionales, y ha mostrado hasta qué punto resulta difícil para un Gobierno sostener dentro de la UE una política migratoria sensiblemente más abierta que la dominante.

Cronología de una crisis migratoria compleja

El detonante llegó el 30 de julio, cuando unas 72.000 personas trataron de entrar en Ceuta desde Marruecos en una movilización extraordinaria que provocó decenas de muertes. La inmensa mayoría regresó posteriormente a territorio marroquí: el 4 de agosto, España comunicó que unas 70.000 habían vuelto y la UE confirmó que no se había producido un movimiento significativo desde Ceuta hacia la Península ni hacia otros Estados miembros.

Pero, para entonces, la crisis española ya se había convertido en una crisis europea. Italia anunció el 31 de julio la reintroducción temporal de controles para nacionales de terceros países que llegaran desde España por avión o barco. Dinamarca y Finlandia cuestionaron la capacidad española para proteger la frontera exterior y llegaron a plantear medidas contra la pertenencia española a Schengen; Francia reforzó también sus controles. Poco después, 22 gobiernos europeos firmaron una carta que reclamaba más protección de las fronteras exteriores y advertía contra políticas que pudieran actuar como factores de atracción de inmigración irregular.

La formulación política de una posible "suspensión" de España de Schengen fue un poco más lejos que la realidad jurídica. Ceuta tiene un régimen particular y existen controles para trasladarse desde la ciudad a la España peninsular. El Código de Fronteras Schengen sí permite que un Estado restablezca excepcionalmente controles internos ante amenazas graves, que es precisamente la figura jurídica empleada por Italia y posteriormente por España; la Comisión exige que sean temporales, necesarios y proporcionales.

El tono comenzó a moderarse tras la reunión extraordinaria de ministros de Interior del 4 de agosto. Los Veintisiete respaldaron la rapidez de la respuesta española, pero también acordaron avanzar en una dirección claramente restrictiva: más retornos, mayor protección fronteriza, cooperación con terceros países, inteligencia previa a la frontera y vigilancia de redes sociales.

La distensión europea no resolvió, sin embargo, el choque con Roma. España exigió a Italia retirar sus controles y, ante su negativa, estableció desde el 8 de agosto controles recíprocos a conexiones aéreas y marítimas procedentes de Italia, previstos hasta el 7 de septiembre. Roma mantiene los suyos al menos hasta mediados de agosto y justifica la decisión por el riesgo de nuevos intentos de entrada en Ceuta —se ha difundido una convocatoria para el 15 de agosto— y de posteriores desplazamientos por Europa.

España e Italia: dos modelos y dos necesidades políticas

Detrás de la discusión fronteriza existe una discrepancia mucho más profunda. España se ha convertido en una excepción relativa dentro del giro restrictivo europeo. El Gobierno de Pedro Sánchez desarrolló entre abril y junio una regularización extraordinaria para inmigrantes que ya se encontraban en España, otorgándoles permisos temporales de residencia y trabajo. No concedía ciudadanía europea, como llegó a afirmarse desde Italia. El Ejecutivo español la defiende como una política de integración económica y social en un país envejecido y con importantes necesidades laborales; el Gobierno ha puesto en marcha incluso mecanismos para conectar a trabajadores regularizados con sectores que necesitan mano de obra.

Roma interpreta el fenómeno de manera distinta. Meloni sostiene que las regularizaciones de gran escala pueden generar expectativas de futuras y actuar como incentivo para nuevas llegadas. Su Gobierno ha hecho del control de la inmigración uno de sus signos de identidad, ha impulsado el procesamiento y eventual retorno de migrantes mediante centros en Albania y ahora quiere trasladar a escala europea la idea de crear centros de repatriación en terceros países.

La controversia contiene, sin embargo, una paradoja importante. La Comisión Europea afirma que no existe por ahora evidencia de una relación directa entre la regularización española y lo ocurrido en Ceuta, aunque el comisario de Migración, Magnus Brunner, considera que esto envían una "mala señal" al resto de Europa. 

España tampoco está defendiendo una política de fronteras abiertas. Madrid combinó la regularización de personas ya asentadas en el país con el retorno a Marruecos de la inmensa mayoría de quienes entraron durante la crisis. La diferencia con Italia está, por tanto, entre dos modelos de gestión: el español acepta una inmigración laboral considerable y regulariza parte de la población ya integrada; mientras que el italiano pone mucho más énfasis en la disuasión, la externalización del asilo y las expulsiones.

Existe además una dimensión política doméstica difícil de ignorar. España e Italia entran en el horizonte electoral de 2027. Sánchez ha anunciado que pretende presentarse de nuevo y llega a ese ciclo debilitado por investigaciones de corrupción que afectan a su entorno político; Meloni, pese a conservar un importante apoyo, afronta competencia por su derecha y unas elecciones que las encuestas presentan mucho menos cómodas que hace algunos años. La inmigración ofrece a ambos la oportunidad de reforzar perfiles ya reconocibles: Sánchez puede presentar a España como alternativa al endurecimiento europeo y Meloni reivindicar precisamente que ese endurecimiento es necesario. 

El dato más revelador respecto a la realidad general europea es quizá Dinamarca. Su Gobierno socialdemócrata comparte buena parte de la agenda migratoria de Meloni y ambas primeras ministras han vuelto este 10 de agosto a reclamar centros de retorno fuera de Europa. Algunos analistas ya han advertido a este respecto que las alianzas europeas no reproducen necesariamente las divisiones izquierda-derecha: la inmigración pesa tanto sobre determinadas políticas nacionales que puede unir a gobiernos ideológicamente alejados.

Un patrón recurrente

La disputa entre España e Italia tiene así algo específicamente migratorio, pero también algo profundamente europeo. La UE es una construcción supranacional levantada sobre Estados que conservan gobiernos, electorados, presupuestos, prioridades energéticas y culturas estratégicas propias. En momentos de tranquilidad esas diferencias pueden administrarse, pero las crisis obligan a decidir quién paga, quién asume riesgos y qué interés nacional debe ceder ante el colectivo.

Por lo tanto, la crisis política desencadenada desde Ceuta no es una novedad. Los precedentes son abundantes y hablan de un problema lógico y estructural. La crisis del euro enfrentó durante años a países acreedores del norte con economías endeudadas del sur sobre rescates, austeridad y reparto de costes. La crisis energética de 2022 abrió otra fractura cuando una mayoría encabezada por países como Italia, España, Grecia o Bélgica reclamaba limitar el precio del gas mientras Alemania y Países Bajos advertían del riesgo de poner en peligro el suministro. El conflicto ucraniano volvió a mostrar los límites de la unanimidad: Hungría bloqueó durante meses ayuda financiera y sanciones contra Rusia y, más recientemente, Budapest y Bratislava han condicionado decisiones europeas a sus intereses energéticos y a su relación con Moscú. Y la relación con Estados Unidos bajo Donald Trump ha producido también estrategias nacionales diferentes: frente a las amenazas comerciales de Washington, Meloni trató de presentarse como puente con la Casa Blanca mientras Francia defendía respuestas europeas mucho más duras; el acuerdo comercial de 2025 con Trump fue recibido favorablemente en Roma y duramente criticado desde París.

El Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR), un 'think tank' especializado en política exterior, lleva años describiendo a una Europa teóricamente flexible y modular en base a coaliciones variables, donde distintos grupos de Estados cooperan según el problema y sus intereses concretos. 

Ceuta ha visibilizado la fragilidad de esa estructura en un terreno particularmente explosivo. La crisis fronteriza fue contenida en pocos días, pero el debate que dejó detrás es mucho mayor: qué significa proteger una frontera europea, hasta dónde puede un Estado decidir por sí solo su política migratoria cuando existe libre circulación y cuánto espacio queda dentro de la UE para estrategias nacionales diferentes.

Ese es probablemente el verdadero alcance político del episodio. El nuevo Pacto de Migración pretendía combinar control y solidaridad y proporcionar precisamente una respuesta común a futuras crisis. Ceuta, su primera gran prueba desde que comenzó a aplicarse plenamente, produjo durante sus primeras horas casi lo contrario: recriminaciones, amenazas de controles internos y coaliciones nacionales enfrentadas. Después llegaron la coordinación y el respaldo a España, pero también un consenso bastante claro sobre fronteras más fuertes, más retornos y mayor externalización. La crisis, por tanto, no solo ha revelado las divisiones de Europa. También ha mostrado hacia dónde se está desplazando su punto de equilibrio migratorio, y hasta qué punto puede complicarse el papel de España en esta nueva etapa.