Desde el terreno militar hacia el económico y diplomático, la administración de Donald Trump lleva meses tratando de obligar a otros países, con los que Washington mantiene buenos lazos, a cortar sus vínculos con Teherán y unirse a su ofensiva.
El último mensaje más contundente llegó del secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, quien advirtió este jueves de que los países tendrán que elegir entre respaldar a Washington o enfrentarse a sus medidas. La Administración prepara un nuevo paquete de sanciones contra Irán que, según Bessent, será el más duro de la historia y estará dirigido a privar a Teherán de los recursos necesarios para seguir oponiendo resistencia a EE.UU.
Con EE.UU. o contra EE.UU.
La amenaza no se limita a Irán. Washington pretende aplicar también sanciones secundarias contra empresas y países que continúen comerciando con Teherán, lo que puede afectar incluso a naciones que formalmente son socios de EE.UU. La estrategia busca cerrar las vías financieras y comerciales que todavía permiten a Irán vender petróleo, recibir divisas y mantener a flote su economía.
Trump ya había utilizado una estrategia de presión contra aliados europeos y asiáticos cuando consideraba que no contribuían suficientemente a los objetivos estadounidenses. Ahora, la guerra contra Irán está convirtiendo esas diferencias en una cuestión directamente relacionada con la política exterior y la seguridad.
Europa y Asia, bajo presión
Uno de los ejemplos ha sido el de Corea del Sur, que se ha convertido en objeto de presión de EE.UU. por su negativa a respaldar las exigencias relacionadas con Irán. La semana pasada, Trump ordenó reducir los ejercicios militares conjuntos, argumentando su "muy buena relación con Kim Jong-un", aunque añadió que el presidente surcoreano rechazó su petición directa de participar en la guerra contra Irán.
En Europa, la confrontación con Trump resulta especialmente delicada. Los gobiernos europeos son aliados militares de EE.UU. y miembros de la OTAN, pero no se apresuran a unirse plenamente a la campaña estadounidense contra Irán, asumiendo costes económicos, energéticos y políticos adicionales en un conflicto cuyo desenlace continúa siendo incierto.
Irritado por su negativa a prestar ayuda en la agresión contra Irán, el presidente estadounidense lanzó duras críticas a la OTAN en reiteradas ocasiones, asegurando que la Alianza no solo era innecesaria, sino que incluso habría podido obstaculizar los objetivos de Washington.
La presión también se extiende al ámbito comercial. Washington quiere impedir que terceros países mantengan negocios con Irán, especialmente en sectores relacionados con el petróleo y las finanzas. Para los gobiernos aliados, esto plantea una disyuntiva: mantener sus relaciones económicas con Teherán y exponerse a sanciones de EE.UU. o reducirlas para evitar represalias.
China ocupa un lugar especialmente importante en esta estrategia. El país asiático es uno de los principales compradores del petróleo iraní y su cooperación sería fundamental para cualquier intento estadounidense de estrangular económicamente a Teherán. Bessent ha instado a Pekín a colaborar, aunque China ha rechazado la lógica de las sanciones y ha defendido una salida diplomática.
El Golfo, entre dos frentes
Pero Washington no solo está presionando a sus aliados occidentales. Los países de Oriente Medio también están recibiendo advertencias y enfrentándose a una situación cada vez más incómoda.
A comienzos de semana, Trump amenazó con bombardear Omán, aliado de Washington que ha intentado mediar para normalizar el tránsito en el estrecho de Ormuz. Al día siguiente, el mandatario publicó un mapa con un círculo alrededor de esa vía marítima y de sus costas en Omán, los Emiratos Árabes Unidos e Irán, y las etiquetó como "nuevo territorio de EE.UU.".
Los Estados del Golfo mantienen estrechos vínculos militares con Washington, pero al mismo tiempo tienen que convivir geográficamente con Irán y asumir el riesgo de convertirse en potenciales blancos de represalias.
Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Catar, Kuwait y otros países de la región tienen un interés directo en evitar que la guerra se transforme en un conflicto regional permanente. Aunque buscan mantener la protección estadounidense, no quieren quedar atrapados en una guerra abierta con Teherán que pueda poner en peligro sus infraestructuras, rutas comerciales y economías.
El problema para Trump es que cuanto más se prolonga el conflicto que desató, más difícil le resulta mantener una coalición de aliados completamente alineada con sus propias ambiciones, con una posición inequívoca frente a Irán.