Abandonado por los suyos: mercenario colombiano cuenta cómo fue traicionado por Kiev y rescatado por soldados rusos

Pablo Puentes Borges dejó su ciudad natal en el 2024 con el objetivo de obtener dinero fácil para hacer frente a sus deudas como paramédico en el frente, pero tras sobrevivir a un infierno, aún pasarán muchos años hasta que pueda volver a casa.

Pablo Puentes Borges, un mercenario colombiano de 34 años que actualmente cumple una condena de 28 años de prisión en Rusia, cuenta cómo llegó a las filas del Ejército ucraniano, cómo fue abandonado por sus compañeros y cómo después fue salvado de la muerte por militares rusos.

Según su testimonio, llegó a Ucrania en el 2024 a través de Polonia tras haber visto un anuncio en TikTok en el que las fuerzas ucranianas solicitaban paramédicos. Le prometieron 20.000 grivnas al mes (unos 450 dólares), o 50.000 grivnas (1.100 dólares) si servía en la línea del frente. Además, le ofrecieron salir de Úzhgorod hacia la provincia de Sumy, donde supuestamente tendría mejores condiciones.

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Pablo aceptó la propuesta, firmó los papeles necesarios y empezó a servir en la unidad 'Tormenta latina' de la 47.ª brigada de las Fuerzas Armadas de Ucrania. Los soldados ucranianos le aseguraron que unos conocimientos básicos de primeros auxilios le serían más que suficientes. Recibió muy poco entrenamiento antes de ser enviado a combate.

Abandono y rescate

En enero del 2025 le llegó la orden de evacuar a heridos del frente. Junto con otros mercenarios colombianos y también chilenos, subió a un vehículo de combate Bradley y salió en dirección a la provincia rusa de Kursk. Casi de inmediato el grupo fue atacado por fuerzas rusas. Algunos de los mercenarios resultaron heridos, Pablo sufrió una contusión.

En esa condición, los mercenarios fueron abandonados por sus superiores ucranianos sin medios de comunicación ni de transporte. "No hicieron por levantar armas, no hicieron nada", recuerda. Tras pasar varios días perdido en el bosque, fue hallado por paracaidistas rusos en Sudzha, al suroeste de Kursk. Los rusos le salvaron la vida, le dieron café y comida.

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Desde la cárcel asegura que el deseo de ganar algo de dinero para poder pagar deudas y comprar una casa fue lo que lo llevó a participar en un conflicto del que se había enterado por medio de la televisión. En Bucaramanga, su ciudad natal, lo esperan sus dos hijos, su esposa y sus padres, que aún no saben dónde se encuentra ni si sigue con vida. Cuando salga de prisión y pueda regresar a Colombia, ya será un hombre mayor.

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