El 5 de octubre de 2026, en el Foro de Seguridad de Varsovia, el Comandante Supremo Aliado en Europa (SACEUR) de la OTAN, Alexus Grynkewich, presentó una estrategia militar titulada 'Teoría de la Victoria'.
Esta estrategia abarca los próximos años y traza las preparaciones de la OTAN para contrarrestar un potencial "ataque ruso". Aunque los detalles son probablemente clasificados, los puntos principales se han hecho públicos. Estos son los aspectos clave divulgados del plan de "victoria" de la OTAN:
Agotamiento económico del adversario: El desarrollo de capacidades militares e industriales que hagan que la continuación de las hostilidades sea costosa e inútil para el agresor. En este punto, la OTAN se posiciona como la parte defensora.
Destrucción de la infraestructura de apoyo: Ataques contra la infraestructura del enemigo, dirigidos no solo hacia las fuerzas de ataque, sino también hacia todo el sistema que sostiene a las fuerzas armadas: logística, centros de mando, líneas de suministro y reservas.
2029 como hito de preparación operativa: Para 2029, las Fuerzas Armadas de EE.UU. y los aliados europeos de la OTAN deben completar las preparaciones principales para contrarrestar potenciales amenazas globales y estar listos para responder a cualquier desafío externo.
Superioridad tecnológica de la OTAN: Este punto enfatiza el logro de un dominio tecnológico integral mediante el uso generalizado de drones y sistemas de gestión de combate impulsados por inteligencia artificial.
Esa es la 'teoría de la victoria'; ahora debe llevarse a la práctica. Cierto tipo de documentos políticos no presentan ningún interés mientras permanecen guardados en carpetas burocráticas: a nadie le importan las cifras, los plazos, la logística ni los niveles de preparación. Pero una vez que entran en el dominio público, adquieren rápidamente un significado simbólico. Un "plan de defensa" se convierte en un "plan de guerra", la "disuasión" se transforma en "fijación de objetivos" y una simple fecha en el calendario pasa a ser una profecía. Este es precisamente el caso de esta estrategia.
Lea más: El fantasma de la 'amenaza rusa': cómo Europa aterroriza a sus ciudadanos con su propio invento
Formalmente, el plan de la OTAN no contiene nada sensacionalista: habla de reforzar el flanco oriental, preparar equipos y recursos, ampliar los ejercicios, alinear las capacidades industriales con las necesidades cambiantes, fijar objetivos de preparación, integrar sistemas de defensa aérea y de misiles, crear rutas logísticas y desarrollar escenarios de respuesta a crisis. Todo esto ha formado parte de la rutina alarmista, aunque necesaria, de la OTAN durante décadas. Sin embargo, esta vez se ha añadido algo nuevo: ¡un plazo límite!
Y la fecha límite —2029— no resuena únicamente como un hito administrativo, sino como un punto de inflexión psicológico.
La cuestión que viene a la mente es tan simple como inquietante: ¿cuán peligroso es preparar a la sociedad, al ejército y a la política para una amenaza que tal vez esté impulsada por el miedo en lugar de fundamentada en la realidad? "Estar preparado" es una cosa; pero ¿puede esto conducir a la idea de que "ya que estamos preparados, podemos ser los primeros en actuar"?
Hablemos de la amenaza potencial. La retórica, los planes y los plazos apuntan a un año específico: 2030. Varios "videntes" occidentales sugieren que será entonces cuando las "hordas del Este" arremeterán hacia el oeste. En otras palabras, los analistas occidentales prevén un asalto ruso contra los países de la OTAN en torno a esa fecha. Al mismo tiempo, la cúpula de la OTAN afirma con franqueza que, en la actualidad, la amenaza de Rusia se evalúa como mínima. ¡Pero para 2030, Rusia estará lista!
La "mítica amenaza rusa"
Resulta tentador llamar a esto la "mítica amenaza rusa", pero el término "mítica" se ha utilizado con tanta frecuencia que ha perdido su significado. Parece crear una división entre quienes "creen en la amenaza" y quienes "perciben la realidad". Sin embargo, la geopolítica raras veces se encaja con nitidez en categorías en blanco y negro. Una amenaza puede ser simultáneamente real, exagerada, distorsionada y peligrosa, precisamente porque contiene un germen de verdad.
En realidad, Rusia ni siquiera cuenta con el personal y los recursos para atacar a la OTAN, a menos que se asuma que dicho ataque tendría un carácter suicida. Sin embargo, la existencia de un enemigo externo proporciona una justificación excelente para cualquier iniciativa política, y este concepto parece haber sido adoptado por la OTAN como el motor principal de su desarrollo.
Según la carta de la OTAN, esta es estrictamente una alianza defensiva. El Artículo 5 aborda la defensa colectiva, no los ataques preventivos. Los planes regionales, los ejercicios, los desplazamientos de tropas y el despliegue avanzado están diseñados como elementos disuasorios: para demostrar a los potenciales adversarios que una agresión tendría un costo demasiado elevado. No obstante, la preparación activa para la defensa y la sustancial acumulación militar resultante podrían ofrecer a los políticos nuevas opciones que tal vez los tienten a actuar.
Por último, las medidas que un Estado considera protectoras pueden ser percibidas por otro como una amenaza para su seguridad. Esto desencadena una espiral de escalada e intimidación mutua, empujando a ambas partes a un punto de estancamiento donde están fuertemente armadas para la "disuasión", pero son incapaces de cruzarse sin iniciar un conflicto. Aunque los planes de la OTAN puedan parecer defensivos sobre el papel, activan este mismo mecanismo, especialmente cuando van acompañados de una retórica pública como "Rusia podría atacar en unos años", "Europa debe estar preparada para 2030" o "la ventana de oportunidad se está cerrando". Aunque estas declaraciones puedan reflejar preocupaciones genuinas, también crean una profecía autocumplida.
Una fecha límite
Por supuesto, en la planificación de la defensa, los plazos son esenciales. Sin ellos, las fuerzas armadas corren el riesgo de convertirse en un museo burocrático, mientras que la industria de la defensa podría transformarse en una tienda de rifles antiguos. Sin embargo, los plazos tienen un lado negativo: convierten la preparación en una carrera. En el discurso público, 2029 empieza a sonar menos como una guía y más como una fecha límite. Para 2029, las fuerzas, los equipos, las municiones, las rutas logísticas, las estructuras de mando, las reservas entrenadas, los sistemas integrados de defensa aérea, las redes de inteligencia y las capacidades industriales deberían estar en su lugar. Este objetivo es bastante razonable para un documento militar.
Pero plantea una pregunta clave: ¿qué sucede si alguien en la OTAN dice finalmente: "¡Estamos listos!"? Esto puede surgir primero como un informe o evaluación y luego ser proclamado como un logro político; a continuación, puede usarse como argumento y, en tiempos de crisis, bien podría convertirse en la tentación de actuar.
La lógica de la acción preventiva siempre resulta atractiva para quienes temen perder el tren. "Si esperamos, nuestro adversario se hará más fuerte. Si atacamos ahora, podemos evitar una guerra mayor": este razonamiento es tan antiguo como el tiempo y a menudo profundamente manipulador; parece racional hasta que conduce a la muerte y la destrucción.
La "prevención de amenazas" de manera preventiva es un oxímoron. Según esta lógica, para evitar una guerra, hay que iniciar una guerra; para evitar un ataque, hay que atacar primero; para proteger el statu quo, hay que romperlo. Y lo que es más importante, nadie puede garantizar que la represalia sea limitada, que la escalada se detenga en el umbral deseado, que no se utilicen armas nucleares, que los aliados permanezcan leales o que la opinión pública asuma los costos de la guerra.
La tentación existe. Pero ¿podemos frenar la escalada antes de que se transforme en una crisis de gran escala? Todavía podría haber una oportunidad.
En primer lugar, la transparencia es crucial. No se trata de revelar planes de combate, sino de dar señales claras sobre qué tipo de acciones se consideran defensivas; establecer limitaciones a ciertos ejercicios militares; definir qué tipos de fuerzas no están destinadas a un primer ataque; y precisar qué canales de comunicación permanecerán abiertos incluso durante las crisis.
"¡Estamos listos y podemos hacer cualquier cosa!"
En segundo lugar, son necesarias reglas para la desescalada. Estas podrían incluir notificaciones sobre actividades militares, ejercicios de gran envergadura, limitaciones a los movimientos cerca de las fronteras, mecanismos de verificación de incidentes, líneas directas militares y acuerdos sobre las acciones de drones, aeronaves y buques en zonas disputadas.
En tercer lugar, los líderes políticos deben distinguir de manera constante la preparación de la determinación. Existe una diferencia entre estar preparado para defenderse y lanzar un ataque preventivo. Esta distinción debe enfatizarse no solo en documentos oficiales, sino también en declaraciones públicas.
En cuarto lugar, necesitamos un periodismo responsable y una perspicacia analítica. Lo que se requiere no es un tranquilizador ingenuo —afirmando que no hay amenaza— ni afirmaciones guiadas por el pánico de que la guerra es inminente. El objetivo debe ser reflejar la complejidad del mundo. Una amenaza puede considerarse significativa sin que por ello requiera una guerra; y la disuasión puede ser firme sin conducir a la agresión.
Y por último, debemos trabajar para restaurar al menos marcos mínimos de control de armamentos. Sin ellos, cada parte se sentirá obligada a correr más rápido, incluso si la carrera lleva a ambas a saltar por un precipicio.
El año 2029 podría ser aquel en el que Europa se vuelva más fuerte y resiliente. O podría ser el año en que alguien declare: "¡Estamos listos y podemos hacer cualquier cosa!". El primer concepto trata sobre la disuasión; el segundo es la disuasión en su forma pervertida. Es crucial que todas las partes en esta carrera lo entiendan con claridad.
Por Dmitri Kornev, experto militar, fundador y autor del proyecto MilitaryRussia