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Los nuevos reacomodos políticos en el tablero europeo

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Los nuevos reacomodos políticos en el tablero europeo

Tras los sucesivos desmanes del presidente de EE.UU., Donald Trump, y del primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, Europa parece estar entrando en un cambio de ciclo que está desbordando los marcos tradicionales con los que durante años se interpretó su realidad.

El viejo bipartidismo liberal-conservador y socialdemócrata perdió fuerza tras la crisis de 2008, dando paso al ascenso de nuevas derechas y a formaciones autodefinidas como soberanistas, pero subsidiadas por las élites oligárquicas y centradas en distraer a las masas con sus guerras culturales. Sin embargo, muchas de aquellas fuerzas que prometían inaugurar un nuevo ciclo muestran hoy también síntomas de agotamiento, integración institucional o fracaso estratégico. El resultado no es una nueva estabilidad, sino una etapa de transición convulsa en la que viejos actores regresan con nuevos discursos mientras otros intentan reinventarse ante una ciudadanía golpeada por la guerra, la inflación y el deterioro social.

En Hungría, en las elecciones celebradas hace apenas una semana, la Unión Europea pareció celebrar la derrota de Viktor Orbán como si se tratara de un giro histórico. Sin embargo, esa supuesta "alternativa" resulta bastante más discutible. Péter Magyar emergió desde una escisión nacida del propio entorno de Fidesz, y su ruptura con Orbán respondió en gran medida a disputas internas de poder más que a diferencias ideológicas de fondo.

Magyar ha sabido aprovechar el rechazo acumulado contra Orbán, pero sin cuestionar sustancialmente los pilares estratégicos de sus políticas. Resulta paradójico que algunos intenten presentar ahora la derrota de Orbán como la caída de un supuesto "amigo de Putin", cuando el político ya cargaba con esa etiqueta mientras seguía ganando elecciones. En ese contexto, la pérdida de confianza actual parece estar más vinculada al desgaste de otras alianzas.

De hecho, la cercanía a Trump y Netanyahu supone una rémora, como ha comprobado el propio Orbán. En cualquier caso, el nuevo liderazgo tampoco es ajeno a esas mismas simpatías, aunque buena parte de la propaganda europea haya preferido omitirlo.

Durante años, buena parte del discurso occidental ha tendido a despachar como "pro-rusa" cualquier discrepancia con la narrativa dominante sobre Ucrania —desde críticas al impacto de las sanciones hasta llamadas a la negociación—, una fórmula útil para la propaganda, pero limitada para el análisis.

Se observan así reajustes dentro de la extrema derecha europea. En Italia, Giorgia Meloni ha comenzado a tomar distancia de Trump en un contexto de desgaste de su liderazgo y de coste creciente de ciertas alianzas. Lo que parecía una corriente ascendente muestra ahora fisuras, tensiones internas y movimientos defensivos.

Durante años, buena parte del discurso occidental ha tendido a despachar como "pro-rusa" cualquier discrepancia con la narrativa dominante sobre Ucrania —desde críticas al impacto de las sanciones hasta llamadas a la negociación—, una fórmula útil para la propaganda, pero limitada para el análisis. A ello se ha sumado la identificación automática entre extrema derecha y posiciones críticas con el belicismo europeo frente a Rusia. Sin embargo, la realidad empieza a resquebrajar ambas simplificaciones: mientras Meloni reafirma su apoyo al líder del régimen ucraniano, Vladímir Zelenski, en otros escenarios emergen dinámicas que desbordan ese esquema.

En Bulgaria, las elecciones celebradas el pasado domingo confirmaron el peso creciente del bloque político articulado en torno al presidente Rumen Radev y a sectores críticos con la línea más belicista de Bruselas.

Radev, excomandante de la Fuerza Aérea búlgara, se ha mostrado partidario de una salida negociada en Ucrania y de priorizar los problemas internos de uno de los países con mayores niveles de pobreza relativa de la Unión Europea. Su espacio político combina elementos progresistas moderados, defensa del papel del Estado y una política exterior más pragmática en un país atravesado por la corrupción, la inflación y la inestabilidad parlamentaria.

En Eslovaquia, Robert Fico y su partido SMER-SD representan un fenómeno distinto. Fico encarna una socialdemocracia clásica, crítica con el envío ilimitado de armas a Ucrania y centrada en la protección social, los salarios y el coste de la vida. Su llegada al poder mostró el desgaste de los gobiernos liberal-atlantistas surgidos en la etapa anterior. Lejos de cualquier caricatura, la posición eslovaca responde tanto a una tradición política concreta como al rechazo de amplios sectores populares a costear una guerra que perciben ajena a sus intereses inmediatos.

En la OTAN, al mismo tiempo, se convierten en territorios de frontera donde se proyectan tensiones estratégicas ajenas. En una forma de imperialismo interno, se les exige disciplina política, apertura económica y asunción de riesgos militares sin otorgarles una influencia equivalente.

En ese sentido, vemos cómo empiezan a florecer fuerzas socialdemócratas contrarias a la línea de la Organización de Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en el este de Europa, un este que forma parte de la Unión Europea y de la Alianza Atlántica, pero a menudo desde una posición subordinada.

Dentro de la UE operan con frecuencia como socios de segunda categoría, integrados en cadenas productivas dependientes y con menor capacidad de decisión que las potencias occidentales. En la OTAN, al mismo tiempo, se convierten en territorios de frontera donde se proyectan tensiones estratégicas ajenas. En una forma de imperialismo interno, se les exige disciplina política, apertura económica y asunción de riesgos militares sin otorgarles una influencia equivalente. A ello se suma un elemento decisivo: su cercanía histórica y económica con Rusia, así como su proximidad geográfica al conflicto en Ucrania y el temor objetivo a una escalada militar.

En este contexto, han empezado a caer simultáneamente dos relatos que durante años se retroalimentaron: por un lado, el del movimiento nacional-popular reaccionario, que se presentaba como alternativa al orden liberal europeo; por otro, el propio relato de la Unión Europea como garante de estabilidad, derechos y prosperidad. En medio de este escenario irrumpe Pedro Sánchez tratando de ocupar lo que entiende como un vacío político.

Tras proyectarse como referente internacional en la causa palestina y contra la guerra en Irán, el presidente del Gobierno español impulsó una cumbre en Barcelona con el objetivo de consolidar un espacio "progresista" a escala global.

Tan significativas como las presencias fueron las ausencias en la cumbre "progresista" de Pedro Sánchez. La France Insoumise, una fuerza en ascenso con un discurso social contundente y abiertamente antibelicista, quedó fuera del núcleo de la convocatoria, al igual que sectores británicos que rompieron con el laborismo precisamente por la cuestión palestina.

Más que una iniciativa diplomática, el encuentro fue un movimiento táctico que trató de aprovechar el desgaste de las derechas reaccionarias para fijar los límites de la izquierda posible —con la OTAN como frontera estratégica— y proyectarse como alternativa dentro del marco existente. No a la guerra en Irán, pero sí a seguir mandando armas a Ucrania.

La composición de la cumbre fue reveladora. Participaron líderes como Gustavo Petro y Claudia Sheinbaum, junto a dirigentes europeos como Elly Schlein, mientras que por vía telemática intervinieron figuras del Partido Demócrata estadounidense como Hillary Clinton, representante de una de las etapas más intervencionistas de la política exterior de Washington.

Tan significativas como las presencias fueron las ausencias. La France Insoumise, una fuerza en ascenso con un discurso social contundente y abiertamente antibelicista, quedó fuera del núcleo de la convocatoria, al igual que sectores británicos que rompieron con el laborismo precisamente por la cuestión palestina, pese a que el propio Sánchez ha tratado de capitalizar ese terreno. No es un detalle menor: lo que se dibuja es una frontera política cada vez más nítida, donde la izquierda aceptable dentro de la arquitectura europea reduce su margen de confrontación y se adapta a sus límites estratégicos.

Los procesos descritos —desde las inconsistencias de la derecha reaccionaria hasta el pragmatismo emergente en Europa oriental o la tentativa social-liberal de delimitar la izquierda posible— no son fenómenos aislados, sino expresiones distintas de una misma crisis estructural.

La Unión Europea atraviesa un deterioro sostenido debido a la pérdida de competitividad industrial, el encarecimiento energético, la fractura social y una creciente incapacidad para ofrecer horizontes materiales a sus pueblos. En ese contexto, conflictos como el de Palestina no son externos, sino campos de batalla que revelan contradicciones internas: la dependencia estratégica respecto a Washington, el doble rasero diplomático y, en el nuevo ciclo que se abre, la distancia creciente entre gobernantes y poblaciones.

Estos reacomodos siguen en pleno desarrollo y, más allá de sus diferencias ideológicas, será la profundidad de la crisis material la que termine marcando sus límites. Europa no se dirige hacia una nueva estabilidad, sino hacia una transición abierta en la que, por ahora, ninguna fórmula ha logrado ofrecer una salida convincente.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de RT.

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