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Niños de la guerra españoles en la URSS: una historia de amistad entre pueblos

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Niños de la guerra españoles en la URSS: una historia de amistad entre pueblos

Un día, caminando por un cementerio en Moscú, me sorprendió toparme con una lápida con la firma "Alberto, así, en letras latinas y, justo debajo, en castellano, la palabra "escultor". ¿Quién fue esa persona, nacida en Toledo, España, en 1895 y fallecida en la capital rusa —por entonces también soviética— 67 años más tarde?

Investigando en Internet encontré la respuesta, que está en los llamados "niños de la guerra": una historia que unió para siempre a los pueblos español y soviético en los corazones de quienes la vivieron.

Durante la Guerra Civil española, ante el avance de las tropas franquistas, muchas familias decidieron sacar a sus hijos del país para salvarlos de los graves riesgos del cruento conflicto armado. Algunos niños fueron a Francia, Bélgica, Reino Unido o México, pero el destino que más quedó grabado en la historia fue otro. Casi 3.000 menores, la mayoría de Asturias, Cantabria y Euskadi, viajaron por vía marítima hasta la Unión Soviética, por aquel entonces (hablamos de 1937), una gran desconocida en Europa Occidental.

Cuando llegaron a la URSS, encontraron un país más moderno que España y, sobre todo, un país en el que, al menos ellos, no pasarían hambre"

"Los niños de la guerra, los niños que venían del Estado español, venían de una situación muy difícil en la que se pasaba bastante hambre y las condiciones de vida y de trabajo eran duras", nos cuenta el periodista español Pablo González, nieto de uno de aquellos niños exiliados.

"Cuando llegaron a la Unión Soviética –continúa Pablo–encontraron un país más moderno y, sobre todo, un país en el que no había esas limitaciones, por lo menos de comida, por lo menos para ellos".

Con el apoyo de la Cruz Roja, tras un largo periplo por mar, los menores llegaron a Leningrado, hoy San Petersburgo. La recepción en la imponente ciudad portuaria fue, a pesar de las temperaturas promedio del lugar, tan calurosa, que todos aquellos que la vivieron la recordaron por el resto de sus vidas.

Es importante resaltar que, aunque viajaban sin sus progenitores, eran acompañados por más de un centenar de sus compatriotas, profesores y auxiliares, que estarían a cargo de su educación en la Unión Soviética, para que no perdieran sus raíces durante su estancia en un país extranjero que, por avatares del destino, dejaría de serlo para ellos.

Entre los educadores, por cierto, estaba Alberto, el escultor toledano cuya lápida me encontré casualmente en Moscú, que iba como profesor de arte; y entre los niños estaba Andrés, el abuelo de Pablo, que llegó a territorio soviético con 7 años.

La Unión Soviética les brindó unas posibilidades que ellos no tenían en España"

"Se encontraron con una acogida muy buena, porque además estaba muy bien planeada. Y además viajaron con ellos educadores que hablaban castellano", explica el propio Pablo, destacando que su abuelo "tardó bastante en aprender ruso porque no le hacía falta". El periodista español destaca además que "el Partido Comunista Español hizo mucho trabajo junto con los camaradas de la Unión Soviética", lo que permitió a estos niños españoles exiliados gozar de unas condiciones que, en general, eran "mejores que la media soviética".

Efectivamente, el Estado soviético asumió la tutela de los niños, acogiéndolos en un sistema de atención integral, que iba desde su educación, alimentación, salud, hasta también vestimenta, vivienda, juguetes, etcétera. La expectativa inicial era que se trataría de una evacuación temporal, tal vez de unos meses, a lo máximo un año. Sin embargo, el desarrollo de la guerra en España truncó esos planes de pronto regreso.

"Cuando se dieron cuenta de que la cosa iba para largo, porque al final, por desgracia, en España ganó el fascismo la guerra civil –cuenta Pablo–, pues los niños no pudieron regresar al momento, pero la Unión Soviética les brindó también unas posibilidades que ellos no tenían en España".

Diferentes etapas, no todas gratas

En los primeros cuatro años tras su llegada a la tierra de los bolcheviques, los niños de la guerra vivieron una etapa razonablemente alegre, teniendo en cuenta la separación de sus padres y las noticias que llegaban desde España.

Tras la victoria franquista en 1939, su retorno quedaba en un limbo, al romperse toda relación diplomática entre Madrid y Moscú. Durante esa etapa inicial en la Unión Soviética, al menos no sufrieron los rigores de la guerra y el hambre que asolaban su lugar de origen durante esos años.

Sin embargo, esa relativa alegría cambiaría drásticamente el 22 de junio de 1941. "Cuando empezó la invasión nazi,  fue más difícil y los niños pasaron hambre también", admite González, reconociendo también que "se hizo un gran esfuerzo en la Unión Soviética por protegerlos, cuidarlos y evacuarlos a zonas de retaguardia para que no les ocurriese nada".

La agresión de la Alemania Nazi llegó hasta varias de las localidades que contaban con alguna de las aproximadamente 15 Casas de Niños que albergaban a los menores en todo el país. Y, en efecto, muchos de ellos fueron evacuados hacia los Urales e incluso Asia Central. En Leningrado, que sufrió el bloqueo más brutal de la Segunda Guerra Mundial, no se pudo evacuar a los niños durante los primeros meses del bloqueo germano-finlandés contra la ciudad, lo que los hizo pasar penurias que creían superadas para siempre desde que salieron de España.

Más de dos centenares de niños que habían cumplido la mayoría de edad durante esos cuatro años en la Unión Soviética se alistaron en el Ejército Rojo para combatir a los invasores nazis, aliados a su vez del franquismo que había provocado que tuvieran que abandonar su primera patria.

Alrededor de 300 de todos los llegados en 1937 murieron debido a los bombardeos alemanes, el hambre y las enfermedades provocadas por la invasión o, en el caso de algunos de los más mayores, en combate.

Entre dos mundos: unos ciudadanos únicos e irrepetibles

Tras la victoria soviética en el conflicto, en 1945, la vida de los niños recobró su relativa normalidad, pero la posibilidad del regreso a España no llegaría hasta la siguiente década, cuando se produjo un tímido acercamiento entre Madrid y Moscú en algunos asuntos puntuales.

Algunos niños, ya adolescentes y otros ya adultos, decidieron quedarse en la Unión Soviética, a la que ya consideraban como su verdadero hogar.

Otros volvieron a su tierra natal, pero la adaptación a un país inmerso en el atraso cultural, educativo, técnico y económico, en especial comparado con una nación que estaba a pocos años de lograr llevar al primer ser humano al espacio, no fue fácil.

Sus salidas profesionales y su formación como personas fueron mucho mejores de lo que hubieran sido en el Estado español en aquel entonces"

Por eso, algunos de ellos, sintiéndose extranjeros en su propio país y extraños en sus propias familias, emprendieron nuevamente la ruta que habían tomado casi dos décadas antes.

Así, tanto quienes se quedaron en la Unión Soviética como quienes regresaron tras un breve paso por España se convirtieron en unos ciudadanos únicos e irrepetibles, unos cientos de casos únicos en la historia: españoles en la infancia y también soviéticos en su adolescencia y adultez.

"Seguro que hay historias mejores, hay historias peores, pero por lo que yo conozco –relata Pablo–, se formaron unas personas muy capaces. Hubo técnicos, ingenieros, militares, médicos, profesores de toda clase… Entonces yo creo que, en general, sus salidas profesionales y su formación como personas fueron mucho mejores de lo que hubieran sido en el Estado español en aquel entonces".

El periodista también señala que "muchos de estos 'Niños de la Guerra' trabajaron [ya de adultos] en Cuba después de la Revolución Cubana porque sabían ruso, sabían castellano y eran perfectos para enseñar a los compañeros y camaradas cubanos y ayudarles a construir un futuro mejor".

Nombres propios, historias dignas

Todos aquellos niños hicieron historia, cada uno a su manera. Andrés González Yagüe, el mencionado abuelo de Pablo González, tras una temporada en su tierra natal, regresó a la Unión Soviética, donde formó una familia. Araceli Sánchez Urquijo se formó como ingeniera de caminos en Moscú y posteriormente se convirtió en la primera mujer en ejercer esa profesión en España. María Luisa Muñiz Concheso llegó a la Unión Soviética sufriendo discapacidad visual y auditiva, lo que no impidió que se desarrollara profesionalmente, realizando varias traducciones literarias del ruso al castellano en su vida adulta...

Y, pese a que las experiencias vitales son siempre algo muy subjetivo y personal, con todo y sus problemas, frustraciones y tristezas, a las que no es ajena ninguna biografía, el recuerdo de aquella experiencia pareciera poner a todos sus protagonistas de acuerdo en lo fundamental. Lo que Pablo González recuerda en el seno de su familia es revelador en ese sentido:  "Siempre eran palabras de alabanza, palabras amables sobre esa época, sobre todo de cómo les acogieron, lo bien que estaba todo organizado y cómo hacían todo lo posible para que ellos se sintieran bien".

Con los años, las historias de aquellos niños dejaron una marca imborrable en el país que los recibió con el mismo cariño, si no más, que a sus propios hijos.

Una huella tan intensa que la encuentras sin buscarla, como en el caso muy personal mío, cuando pasé por pura casualidad junto a la lápida de Alberto, escultor, pintor y también profesor de arte de aquellos niños.

Alberto, que se apellidaba Sánchez Pérez, por cierto, vivió el resto de su vida en Moscú, donde realizó varios diseños para obras teatrales y cinematográficas e incluso tuvo la oportunidad de ser guía museístico de Pablo Neruda durante una de las visitas del poeta chileno a la capital rusa y soviética.Una anécdota más, entre tantas otras, protagonizadas por aquellos niños o quienes estuvieron junto a ellos. Protagonistas, al fin, de una de esas historias tan únicas y especiales que no necesitas buscar, porque ellas te encuentran.

El presente texto es una adaptación de un video realizado por el equipo de '¡Ahí les va!', escrito y dirigido por Mirko Casale.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de RT.

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