Trump versus Tucídides: choque civilizatorio en China

Mirko Casale

Donald Trump visitó China en busca de buenas perspectivas de negocios y con el ánimo de mejorar las relaciones entre ambos tras la andanada de medidas coercitivas comerciales que trató de aplicar sin demasiado éxito cuando inició su segundo mandato. Acompañado de un montón de grandes empresarios y miembros de su Gobierno, el mandatario, fiel a su estilo, resumió la visita de forma grandilocuente, atribuyéndose inmensos éxitos y calificándola con una interminable serie de adjetivos hiperbólicos, como es su costumbre para todo lo que hace (y también para lo que no).

Sin embargo, la inmensa mayoría de analistas no comparten el entusiasmo del presidente estadounidense. Y es que, más allá de algunos acuerdos económicos comerciales (con los que Trump pretende balancear algo la relación de comercio bilateral), geopolíticamente o estructuralmente no consiguió arrancar nada sustancioso por parte de Xi Jinping. Pekín no renunció a nada mínimamente trascendental sobre su modelo de desarrollo, relaciones con otros países, enfoque de comercio global, impulso de la inteligencia artificial, empuje del Sur Global, etc.

Todo el mundo interpretó la visita, principalmente, como un termómetro geopolítico aplicado simultáneamente a las dos potencias

Aunque cierta prensa vendió como un gran logro la declaración de Xi Jinping de que Irán no debería obtener armamento nuclear, lo cierto es que esa postura es la que mantiene hasta el propio Irán, que siempre ha defendido su derecho a desarrollar la energía atómica para fines exclusivamente civiles. Es más, tras la visita, donde hubo nerviosismo no fue en Teherán, sino en la isla de Taiwán, donde ciertas declaraciones timoratas, ambiguas y hasta contradictorias de Trump hicieron sentir a la clase política local que, en un enfrentamiento abierto con Pekín, quedarían más desamparados que Netanyahu paseando sin guardaespaldas por Gaza.

Y es que, más allá de la verborrea habitual del presidente estadounidense, fuera de la Casa Blanca (y de la 'casa MAGA' también), todo el mundo interpretó la visita, principalmente, como un termómetro geopolítico aplicado simultáneamente a las dos potencias. Y el veredicto estuvo lejos de favorecer las ensoñaciones de Washington.

Evitar la 'trampa de Tucídides'

Tan es así que el momento más significativo de los dos días de visita oficial fue cuando Xi Jinping vino a decirle —palabras más, palabras menos— a Donald Trump que había que encontrar la manera de que el hecho de que China ya sea la potencia emergente y EE.UU. la menguante no se convierta necesariamente en un problema. Claro, lo hizo de manera sutil, elegante y mostrando un gran conocimiento de historia universal, tres virtudes de las que su homólogo carece totalmente, por cierto.

Y, en lugar de hacerlo citando a Confucio, lo hizo mencionando las enseñanzas de otro sabio, prácticamente contemporáneo al filósofo chino, pero nacido a varios miles de kilómetros, en Álimos, parte de la Atenas de la antigua Grecia: hablamos de Tucídides, historiador y militar, muy influyente tanto en las disciplinas de la historiografía científica como en la del realismo político.

En concreto, durante su cara a cara en el Gran Salón del Pueblo, Xi Jinping planteó a Donald Trump la incógnita de si sus respectivos países "serían capaces de superar la llamada 'trampa de Tucídides' y forjar un nuevo paradigma para las relaciones entre grandes potencias".

Por lo pronto, al igual que otros muchos, nos imaginamos la primera reacción del presidente estadounidense al escuchar a su homólogo. Seguramente habrá murmurado "¿Tucidiqué?" para sus adentros, se habrá volteado hacia su equipo en busca de alguna pista y, al ver a Marco Rubio con su expresión habitual, se habrá resignado a seguir con ese interrogante hasta que concluyera el encuentro.

Tanto sea porque Xi Jinping sobreestimó a Donald Trump cuando le planteó una cuestión de tanto peso histórico-filosófico como si lo hizo solo con ánimo de divertirse viéndolo más perdido que Kaja Kallas en Moscú, lo que el líder chino quiso decir con ese planteamiento no fue cualquier cosa.

En palabras de Tucídides: "fue el ascenso de Atenas y el temor que esto infundió en Esparta lo que hizo inevitable la guerra".

Porque la llamada 'trampa de Tucídides' hace referencia a un concepto acuñado por el historiador ateniense hace unos dos milenios y medio, según el cual el surgimiento de una nueva potencia y el temor que este inspira en otra potencia menguante hacen que el choque entre ambas sea prácticamente inevitable.

Tucídides no sacó esa conclusión de la nada, sino que fue producto directo de su profunda observación de acontecimientos de la época y región en la que le tocó vivir. En sus propias palabras: "fue el ascenso de Atenas y el temor que esto infundió en Esparta lo que hizo inevitable la guerra". Cambien Atenas por China y Esparta por EE.UU. en esa cita y los paralelismos que surgen son escalofriantes, ¿verdad?

¿Destinados a la guerra? 

El concepto de 'trampa de Tucídides' fue rescatado en 2017 —con Trump ya en la Casa Blanca, en su primer mandato— por un politólogo estadounidense que escribió un libro que lleva por título Destinados a la guerra. En él, con las ya por entonces tensas relaciones entre Washington y Pekín en mente, Graham Allison cita 12 casos históricos que darían la razón a Tucídides en su vaticinio de que una potencia teme tanto el surgimiento de otra que la guerra es inevitable.

En algunos de los ejemplos que cita el autor, el vencedor del choque bélico fue la potencia pujante y en otras, la menguante, que encontró en la guerra la única salida a su acuciante pérdida de hegemonía. Sin embargo, en el libro también aparecen ejemplos de confrontaciones armadas aparentemente 'cantadas' que, finalmente, no se dieron de esa manera y siguieron su curso confrontacional de formas menos sangrientas.

Y es justo en esa línea que se expresó Xi Jinping, porque el líder chino no habló de confirmar a Tucídides, sino de superarlo. Es decir, encontrar la manera de que EE.UU. y China eviten caer en un choque armado, quitándole la razón al historiador ateniense, en lugar de dándosela.

Y, en ese sentido, la pelota está claramente en el tejado de Washington, que ha demostrado ser una potencia con una irrefrenable tendencia a 'resolver' las diferencias mediante la violencia. Especialmente si la comparamos con China, que no ha participado en una guerra desde hace más de 45 años.

De todas formas, como dijo el analista chino Victor Gao en una entrevista reciente, no importa el tipo de 'guerra' que en Washington pudieran estar tentados en aplicar contra China. En sus palabras, tanto si es una guerra convencional, no convencional, directa, indirecta, tipo 'proxy', comercial o de aranceles, EE.UU. no saldrá victorioso, sino derrotado.

Eso lo saben en Pekín y también en Washington (aunque lo disimulen). Pero lo más importante es que también lo tiene claro el resto del planeta. Porque cuando, en conversación con Trump, Xi Jinping citó a Tucídides y su teoría de la potencia en declive que teme el ascenso de otra, nadie en este mundo tuvo dudas de cuál de ellas está representada por EE.UU. y cuál por China.

El presente texto es una adaptación de un video realizado por el equipo de '¡Ahí les va!', escrito y dirigido por Mirko Casale.