Luiz Inácio Lula da Silva se impuso en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales y volverá a ser presidente de Brasil. Por cuarta vez en total y por segunda vez de forma consecutiva. Y, aunque no puede decirse que fue una victoria "contra todo pronóstico", lo cierto es que el camino hasta la meta estuvo plagado de obstáculos.
Por lo pronto, desde 1989, años del retorno a la democracia en el país, ningún candidato que hubiera quedado en segundo lugar en primera vuelta había logrado darle la vuelta al resultado en segunda ronda. Hasta ahora.
Si a principios de octubre Lula quedó unos tres millones de votos por detrás de Flavio Bolsonaro, en la ronda final, lo superó por más de 4 millones. Un volteo no solo histórico en su acepción de "inédito", sino también en el volumen del vuelco. Mientras que el candidato del Partido de los Trabajadores aumentó su caudal de votos en más de diez millones de papeletas en estas tres semanas, su rival del Partido Liberal apenas mejoró su resultado de primera vuelta en tres millones.
Las razones del cambio de tendencia
En términos porcentuales, Flavio Bolsonaro apenas logró aumentar sus votos en algo más del 6 % entre primera y segunda vuelta, mientras que Lula aumentó los suyos en casi un 20 %. Un brusco giro que tiene varias explicaciones.
Entre ellas, la movilización de una parte significativa del electorado, unos tres millones de electores, que se habían quedado en casa a principios de octubre, pero esta vez sí acudieron a los centros electorales. Aunque en el total –incluyendo votos blancos o inválidos- este 2 % de electores podría parecer no tan determinante, se da una peculiaridad interesante en ese aspecto.
Y es que, además de esos tres millones de personas extra que acudieron a votar en segunda vuelta respecto a la primera, el número de papeletas inválidas o en blanco cayeron de casi seis millones en la ronda inicial a cuatro millones en la definitiva, lo que apunta a que el voto del tipo "no apoyo a nadie" perdió fuerza de cara al balotaje final. Así, en conjunto, entre las personas extra que acudieron a votar y la caída en el número de votos nulos o en blanco, el resultado global es que, en la cita definitiva ante las urnas, hubo cinco millones más de votos válidos que en la semifinal de principios de octubre.

Ahora bien, los nuevos caudales de votos de las segundas vueltas no suelen tener dueño a priori, por lo que hay que hilar fino a la hora de analizar por qué, en este caso, ese caudal fue abrumadoramente favorable a Lula. Por lo pronto, llama la atención que Bolsonaro 'junior' fuera incapaz de capitalizar el voto de electores de otras formaciones que, en el papel al menos, lo hubieran preferido a él antes que a Lula.
Y es que las tres formaciones más votadas entre las que no pasaron a segunda vuelta, que en conjunto representaban un capital electoral de casi nueve millones de votos, son partidos que van desde el centro hasta la ultraderecha: ninguno de ellos se engloba en el lado izquierdo del espectro político. Sin embargo, con los resultados en mano, la mayoría de esos nueve millones de electores se quedaron en casa o incluso prefirieron votar por el candidato que representaba a las fuerzas del centro hacia la izquierda.
Por otra parte, tras su inesperado revés de primera ronda, en la que Lula confiaba en que resultaría vencedor (incluso sin necesidad de una segunda vuelta), el veterano mandatario se fajó en voltear ese resultado. Por un lado, acelerando medidas que no había tomado durante su gobierno, como la dilatada reforma de reducir la semana laboral de seis a cinco días, que fue aprobada justo a medio camino entre la primera y la segunda vuelta. Por el otro, el ahora tetrapresidente electo puso toda la carne en el asador o, mejor dicho, en el rodizio de la campaña, recorriendo el país sin casi respiro, volcándose en una estrategia de redes mucho más atrevida de la mano de uno de los legisladores más internetizados del país (sino el que más) y, como remate, mostrándose mucho más seguro y desafiante que su contrincante, que parecía incómodo en su rol de supuesto favorito.

De hecho, el momento en el que, en pleno debate final, Flavio Bolsonaro llamó "nueve dedos" a Lula, quien perdió uno de ellos cuando trabajaba de noche y siendo menor de edad, se convirtió en tremendo búmeran: no solo por el pésimo gusto del comentario, sino porque, a raíz del mismo, el candidato del PT quedó resaltado como auténtico representante de millones de brasileros que todavía trabajan en condiciones de precariedad, mientras que su rival quedaba expuesto (por sí mismo, para más colmo), como un mocoso malcriado que nunca ha tenido un trabajo mínimamente sacrificado en su vida.
Todos estos factores combinados hicieron posible el vuelco. Es más: si nos fijamos en los resultados electorales en primera y segunda vuelta a nivel regional, comprobaremos que apenas hubo cambios de preferencia en regiones, pero donde Lula fue el más votado en primera vuelta, en segunda se impuso con todavía mayor margen, mientras que el hijo de Jair Bolsonaro se quedaba prácticamente congelado.
Un mandato difícil y con repercusión global
Visto lo visto, el resultado es que, fuera de los votantes duros de cada candidato, el representante del Partido Liberal despierta mucho más rechazo entre los brasileros que Lula, incluido un número importante de brasileros de derecha. Así, podríamos estar a las puertas del principio del fin del bolsonarismo como movimiento político, que habría tocado techo electoralmente y, pese a mantener intacta mucha de su fortaleza política, habría quedado definitivamente tocada como formación capaz de agrupar a las fuerzas del centro a la ultraderecha de cara a retomar el poder. O, dicho en otras palabras, el intento de crear una saga familiar en torno a los Bolsonaro no pasó del patriarca Bolsonaro I y último.
Lo que no implica que Lula vaya a tener un cuarto mandato tranquilo, para nada. Por un lado, porque tendrá a una oposición frustrada y hostil dominando el Legislativo gracias a su victoria en primera vuelta. Por el otro, porque después de la euforia, buena parte de los seguidores del presidente reelecto le exigirán esos cambios que no pudo o no se atrevió a llevar a cabo en su tercer mandato. Y se lo exigirán con fuerza, porque de alguna forma sienten que es gracias a ellos, que se movilizaron como nunca tras la primera vuelta, que el mandatario tendrá un cuarto mandato.
Podríamos estar a las puertas del principio del fin del bolsonarismo
Sea como sea la cuarta gestión de Lula, el impacto de esta victoria no es solo para Brasil, sino para todo el Sur y Este Global en general. De hecho, estos resultados se seguían con mucho interés en todo el mundo. Por ejemplo, para los BRICS y sus países miembro, Lula representaba una cierta continuidad en los proyectos conjuntos, mientras que Bolsonaro más bien era la viva imagen de una segura incertidumbre. Incluso en Asia Occidental había interés en los resultados: como curiosidad, los autores de los videos iraníes hechos con Legos hicieron uno en el que los brasileros, enfundados en el uniforme de su selección, se enfrentaban a unos personajes que vestían camisetas de un combinado de corte israelí. Por lo visto, en Teherán también entendieron perfectamente lo que, en el fondo, también se jugaba en Brasilia.
En la región latinoamericana y caribeña, lógicamente, la expectativa era todavía mayor. Después de una retahíla de victorias electorales de candidatos abiertamente alineados con Washington y, valga la redundancia, con Tel Aviv, el resultado se antojaba fundamental a la hora de o bien confirmar esa tendencia o bien frenarla para tratar de revertirla. Tras conocerse los resultados, casi todos los mandatarios regionales los comentaron en cuestión de minutos. Bueno, hubo uno en especial que no.
Hablamos de Javier Milei, que varias veces en estos años y también días antes de la elección, calificó a Lula de "corrupto" "dictador", "zurdo", "comunista" y demás, pero su estrategia no atrajo muchos votos que digamos para Bolsonaro. De hecho, los brasileros que viven en la Argentina (y, por tanto, conocen de primera mano las políticas del 'mileismo'), votaron abrumadoramente -por más del doble de votos- a favor del candidato "zurdo".
Y es que, indudablemente, el resultado supuso un brusco parón en las alegrías electorales que el hemisferio suroccidental venía dándole a Donald Trump y Benjamin Netanyahu, que en estos días también están inmersos en sus respectivos procesos electorales. Lo que no quiere decir que con esta victoria de Lula se acabe de una vez el 'péndulo' de la política latinoamericana promedio, sino que, muy probablemente, estemos relativamente cerca de que este cambie de dirección durante un periodo de tiempo incierto, como viene ocurriendo desde hace décadas.
Algo que, para bien o para mal, no depende solamente de lo que ocurra en la región, sino también de quién ocupe la Casa Blanca, cómo ejerza el poder y cómo reaccione la mayoría de la región a ese manejo. Pero bueno, eso es un asunto todavía pendiente en la larga, compleja y a menudo frustrante lucha latinoamericana y caribeña por su emancipación definitiva.
Lo importante ahora, más allá de futuras dificultades, retrocesos y contradicciones (a las cuales el presidente brasilero no es para nada ajeno), es que el domingo 25 de octubre, tras un par de años viendo cómo la región cedía cada vez más y más soberanía e independencia, en el país más poblado de América Latina y el Caribe refrendaron que el futuro no está en entregarlas, sino en defenderlas.
El presente texto es una adaptación de un video realizado por el equipo de '¡Ahí les va!', escrito y dirigido por Mirko Casale


