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La guerra contra Irán en América Latina

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La guerra contra Irán en América Latina

En estos días circuló en Internet una falsa imagen del flamante presidente hondureño, Nasry Asfura, besando la mano de su amo, Donald Trump. Lo impresionante fue que la mayoría de los que la creyeron verdadera ni se sorprendieron ni se indignaron. Al fin y al cabo, es lógico pensar que el mandatario estadounidense, quien ha declarado abiertamente al continente entero como "su patio trasero", además de que nunca va a hablar este "maldito idioma" y quien a su antojo pone y saca a sus gobernantes, lo único que espera de sus nuevos vasallos son besos en la mano y obediencia. Hasta en la mismísima Europa ya lo llaman su 'daddy'.

La actitud de la gran mayoría de los gobiernos latinoamericanos frente a Donald Trump no es solo infame e indignante, sino que también representa la renuncia total a la soñada soberanía de sus pueblos, por la que varias generaciones de latinoamericanos lucharon. Una traición tanto política como institucional. ¿Alguien puede imaginarse ahora a Bolívar, Martí, el Che o Fidel observando con comprensión el victorioso flamear de tantas banderas del imperio sobre el continente? Yo no puedo.

La nueva guerra, desatada por EE.UU. y su fiel apéndice Israel contra el pueblo de Irán, de nuevo está reconfigurando el mundo, más allá de los sistemas políticos o proyectos nacionales locales. Pensar frente a este proceso que simplemente "Trump se volvió loco" es una locura difundida por el poder global para desviarnos de lo esencial. Esta guerra no comenzó el 28 de febrero, es solo una nueva etapa armada del mismo plan de antes para redirigir los flujos financieros y las fiebres bursátiles de las viejas élites hacia las nuevas tecnocriptotiranías.

El caos es su plan. La idea es llevar este hervor belicista hacia su máximo punto de miedo y obediencia total, para luego ofrecerle a la humanidad una panacea global fascistoide tipo gobierno de Bukele en El Salvador, para que a nadie ni se le ocurra recordar o nombrar soberanías, memorias históricas o leyes internacionales, y a cambio tener la oportunidad de salir y volver a la casa vivo, sano y salvo. Y, obviamente, darle un beso en la mano o lo que sea al "papi" supremo por esta dicha.   

Al parecer, muchos en América Latina no logran entender todavía que esta es una guerra del fin del mundo. Varios gobiernos siguen creyendo que con su cobardía disfrazada de "prudencia" se salvarán de su único destino de ser devorados. Mientras la historia reciente nos demuestra que, mientras más negocias o cedes a las presiones de EEUU y sus aliados, más te acercas a tu propio fin. El argumento de "¿y qué más se puede hacer?" se destruye por sí solo cuando miramos a Irán o recordamos a los guardias cubanos de Maduro, que sí supieron muy bien qué hacer.

En Latinoamérica se cree todavía que la guerra en Irán es un conflicto lejano, que solo creará problemas económicos para los países importadores de petróleo, y respectivamente favorecerá a sus exportadores, como Venezuela, Brasil, Colombia, Ecuador o México.

La miopía economicista, condicionada por la óptica neoliberal, no deja ver un contexto mucho más grave. El continente latinoamericano ya es parte de la guerra contra Irán, siendo otra parte de la guerra contra Rusia y un preámbulo para la guerra contra China.

Esto es absolutamente independiente de las volátiles simpatías o antipatías de "derechas" o sus "izquierdas", unidas en su banalidad, hacia unos u otros gobiernos.

El Gobierno de EE.UU. y su único verdadero dueño, el capital transnacional corporativo, ya iniciaron el ejercicio del control total sobre el planeta, empezando en su principal laboratorio de ensayos: el hemisferio occidental. Exactamente por eso, incluso antes e independientemente del triunfo electoral de Trump, en tres puntos clave del continente: Argentina, El Salvador y Ecuador, las cuasi o seudodemocracias a control remoto llevaron al poder gobiernos que son herramientas infalibles de la política de Washington, además probetas de ensayo de la sociedad mundial del futuro, a lo que aspiran los profetas tecnocapitalistas del "fin de la historia".

Perú, Bolivia, Honduras, Paraguay, Panamá, República Dominicana, Costa Rica, Chile y algunos otros no solo completan lo que la prensa llama "giro a la derecha", sino que señalan la entrega definitiva de las famélicas soberanías de estos países para el botín corporativo. Ya son parte de la reserva imperial para su guerra contra Irán, Cuba o cualquiera que, en estos tiempos del coro de rebaño asustado, se atreva a tener una voz propia.

Los nuevos gobiernos latinoamericanos ya no necesitan embajadas estadounidenses, no solo piensan en inglés, sino que también sienten su continente como administraciones de la ocupación foránea. Tras el ataque contra Venezuela y el secuestro de su presidente Nicolás Maduro, el mandatario argentino Javier Milei, exclamó eufórico: "La libertad avanza, ¡viva la libertad, carajo!", a lo que el eco desde el otro lado de los Andes, por parte del recién electo presidente chileno José Antonio Kast, respondía que esta era "una gran noticia para la región". A diferencia de sus antecesores "progresistas", sus dichos no son ninguna demagogia y van acompañados con hechos.

Milei, aparte de repetir mil veces el lema político de Trump y de insistir que ambos comparten una "batalla cultural" similar, aunque la "cultura" en el caso de ambos personajes sea un oxímoron, él cumple con su promesa de ser "aliado incondicional de EE.UU." y no solo buscó acercarse más a Washington en comercio, inversiones y política internacional, sino que se declaró el "sionista más sionista del mundo".

El Gobierno de Milei desde sus primeros días promovió inversiones estadounidenses en energía, minería y tecnología en Argentina, negándole al país su entrada a los BRICS y participando a la vanguardia de la coalición regional "Escudo de las Américas", promovida por Trump, supuestamente orientada a combatir los carteles de droga y claramente para contrarrestar la influencia de China en América Latina. Aparte de eso, Argentina negoció albergar en su territorio parte del proyecto Stargate, una red de grandes centros de datos de inteligencia artificial impulsada por Trump, con miras a convertirse en la sede del primer gran centro regional de ese proyecto en América Latina. Es evidente que se trata justamente de los planes de Musk y su mafia, responsables directos del actual reformateo del mundo.

Por su parte, el Gobierno de su homólogo chileno, el pinochetista y trumpista (lo que no es lo mismo, pero es igual), José Antonio Kast, justo hace unos días, al comenzar su gobierno en 2026, firmó una declaración conjunta para iniciar una cooperación en minerales críticos y tierras raras, como litio y cobre, las principales riquezas mineras del país sudamericano.

El objetivo geopolítico de este acuerdo, que nadie esconde, es reducir la dependencia occidental de China en minerales estratégicos usados en baterías, electrónica y, sobre todo, en armas. Además de este acuerdo, el Gobierno de Kast ha tomado varias decisiones de política exterior alineadas con Estados Unidos, todas para colaborar con el FBI, la DEA y las demás herramientas del control imperial sobre su política interna.

Sobre estos nuevos mecanismos de dependencia colonial en Latinoamérica, de los dueños corporativos del "papi" Trump, seguramente se podrían escribir varios tomos, ya que los ejemplos sobran.

La actual guerra del imperio contra Irán es también una guerra contra los pueblos de Latinoamérica. Para esta y otras guerras que se cocinan, EE.UU. no solo sigue saqueando los recursos minerales y cerebros del mundo, sino que también construye nuestra gran desmemoria colectiva bajo la fórmula enemiga de "pero qué más se puede hacer". La esperanza está en la eterna capacidad de los pueblos de discrepar de sus gobiernos arrodillados. 

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de RT.

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