En el año 330 a. C., durante la toma de Persépolis, capital del antiguo Imperio aqueménida, las tropas de Alejandro Magno quemaron los textos sagrados del Avesta —el principal valor espiritual del zoroastrismo—, escritos con tinta dorada sobre doce mil pieles curtidas de buey. Fue la primera operación militar de lo que más tarde se convertiría en Occidente, contra lo que más tarde se llamaría Irán.
Las enseñanzas de Zaratustra llegaron a ser precursoras de las tres grandes religiones, transmitiéndoles el mensaje principal: el mundo es un campo de batalla entre el bien y el mal, y el ser humano en su elección moral siempre es libre. Dicen que el zoroastrismo afirmaba que la historia era lineal, en contra de otras ideas filosóficas sobre la ciclicidad del tiempo. Pienso que el tiempo y la historia son una sola espiral que es a la vez lineal y cíclica, y que la magia del espíritu humano le da una dirección de abajo hacia arriba, tallando un resplandor de esperanza en la oscuridad del abismo cósmico.
Hoy, al igual que en tiempos de Zaratustra, en Irán y sus alrededores arden hogueras. Los más sabios saben que no se trata sólo de las llamas de la tragedia. Los persas antiguos adoraban el fuego como manifestación visible de la verdad, la pureza y la presencia del orden divino. Los bárbaros occidentales se topan con lo que escapa a su lógica. El fuego no es necesariamente la muerte. La muerte no es siempre el fin. El fin no es para todos un sinónimo de miedo.
Los iraníes han descubierto y están demostrando al mundo la vulnerabilidad de ese mal tecno-cavernícola que se ha creído la autoridad suprema.
El complejo mecanismo de la economía capitalista moderna, su decadencia cultural y su manipulación cognitiva resultan tan frágiles como una lavadora de la última generación, en la que cualquier pequeño fallo puede provocar fácilmente el colapso de todo el resto del sistema.
En abril de aquel lejano 1967, desde un campamento guerrillero en Bolivia, Ernesto Che Guevara escribió en su 'Mensaje a la Conferencia de los Tres Continentes', que había la necesidad de crear "dos, tres, muchos Vietnam". Hace casi 60 años, la humanidad tenía el mismo enemigo y las tareas que le tocaban eran las mismas. Todo el sentido y la misión de la "prensa democrática" de las décadas pasadas consistió en distraernos de la comprensión de algo tan simple como esto, para que bajo ningún concepto nos demos cuenta de que este mundo, igual que hace 60 años, necesitamos "dos, tres, muchos Irán".
Para descifrar las últimas noticias políticas y militares, se tiene que empezar a seguirlas no por el delirio de sabemos quién, sino por los indicadores infalibles de las bolsas.
Mientras los jeques cortesanos satisfacen a Trump, el mundo observa con asombro y admiración a un país que se comporta con dignidad. Un país cuyas autoridades no se hacen pasar por payasos, idiotas o retardados mentales, sino que simplemente cumplen con su deber.
La principal característica de la nueva era, no está en los logros del progreso científico y técnico ni en la globalización de la vulgaridad y las mentiras, sino en la descomposición ética definitiva del poder político en la inmensa mayoría de los países del mundo.
Hace poco, Uruguay tuvo como presidente a José Mujica. No fue un gran presidente, pero estremeció al mundo por su desinterés por el dinero, por los privilegios y por los lujos. Lo que debería ser una norma, en este mundo parece un gran milagro entre milagros. Lo mismo ocurre con Irán. No se trata si nos gusta o no todo lo que hace su Gobierno con su política interior, hacia donde siempre se quiere resbalar nuestro pensamiento gracias a la influencia de "la prensa democrática", para distraernos de lo esencial.
En su política internacional, Irán se comporta precisamente como debería comportarse cualquier país que se digne denominarse soberano.
Nos muestra a todos, que no es necesario sorprenderse, ni tener envidia, ni admirar en secreto, ni buscar culpables de la propia indecisión, sino actuar.

Vemos los enormes problemas que le genera Irán a un sistema, acostumbrado desde hace tiempo a no encontrar ninguna resistencia. Vemos la resistencia real de un país que no es ni tan grande ni tan rico, además de haberse desangrado por décadas de sanciones. Los espejismos en el desierto se disipan para que se vea claramente que esta lucha no es de dinero y armas, sino de espíritu y valores. Y si el mundo no quiere convertirse en Gaza, es absolutamente necesario que surjan "uno, dos, muchos Irán".
Por primera vez en la larga historia de sus crímenes y abusos en Oriente Medio, Estados Unidos e Israel sufren una derrota militar.
El hecho de que Trump empiece primero a mentir sobre las negociaciones y después le envíe sus propuestas de paz a su víctima, que no ha aceptado ese destino, es una victoria para Irán.
Un asesino fracasado, para salvar su pellejo puede prometer absolutamente cualquier cosa a su víctima que le ha arrebatado la pistola. El presidente estadounidense, que desprecia abiertamente el derecho internacional, puede proponer, prometer y firmar lo que quiera. Lo único claro es que todo lo prometido quedará sin cumplir. El potencial económico y militar de Irán y de Estados Unidos es incomparable. En el plano cultural y espiritual entre ellos existen las mismas diferencias, pero al revés.
Llenan informes sobre un rescate de pilotos estadounidenses derribados en Irán y la preparación de una gran invasión terrestre. En medio de tanta verborrea de Trump, la manipulación y la censura de guerra, cualquier "verdad" de los 'breaking news' puede ser mentira.
Me imagino a los pilotos invasores y los que serán derribados en los próximos días, escondiéndose entre las rocas y las colinas iraníes, como simples seres vivos que, hace muy poco, desde su superioridad imperial y tecnológica mataban profesionalmente a otros, y ahora se aferran a la vida. A su alrededor se expande un paisaje extraterrestre, luces lejanas y la oscuridad depredadora de la noche que ha caído para cazarlos. Y la elección de la que hace mucho tiempo habló Zaratustra, ya está hecha.


