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El fuego del barrio

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Entrar a los barrios de Santo Domingo no es simplemente cruzar una calle. Existe como una barrera invisible que, al atravesarla, se revela un mundo de carencias y violencia. Al recorrer estas comunidades de la capital dominicana, se hace evidente que, en medio de tanta desigualdad, los habitantes todavía tratan de resistir creativamente y celebran sus pequeñas victorias. En este panorama, ¿será la pobreza un destino o una consecuencia directa de un sistema que aún deja a muchos atrás?
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En los barrios populares de Santo Domingo, como La Gualey y la 42 de Capotillo, la vida se construye entre pobreza extrema, improvisación y una energía que no se apaga. En La Gualey, levantada junto al río Ozama, las casas se amontonan y las calles de tierra se vuelven lodo cuando llueve. Sus habitantes viven de lo que aparezca: mototaxistas, vendedores, obreros. Muchos, como Nicolás Murillo, no pudieron ir a la escuela y sienten que eso les impide salir del barrio.

En medio de la precariedad, la pelea de gallos es una tradición legal y muy arraigada. Jovani cuenta que se apuestan 2.000 o 3.000 pesos dominicanos, una suma alta para el lugar. Asegura que tratan a los animales "como una familia", aunque muchos mueren. Para varios, es parte de la economía informal que sostiene a las familias.

Miedo y presencia policial

La relación con la policía está atravesada por el miedo. Marta Zuelo Guzmán describe operativos, tiroteos y consumo de drogas. Dice que "los tiros no tienen ojos" y que ya han muerto personas dentro de sus casas. El coronel Bismark Hernández, de la Policía Nacional, advierte que cuando un niño abandona la escuela se rompen dos anillos de protección: la familia y el sistema educativo.

La 42: conflicto y cultura urbana

En la 42 de Capotillo, la calle es intensa y ruidosa. Tony, promotor musical, asegura que antes había tiroteos frecuentes, pero que hoy se impulsa la cultura del barrio: peluquerías en plena calle y un estudio donde artistas como Peluche cantan sus problemas y sueñan con "otro futuro" para su gente.

El contraste aparece en los nuevos edificios residenciales con seguridad privada. La arquitecta y antropóloga Lucirys Mateo explica que un apartamento de unos 65 metros cuadrados puede costar más de 8 millones de pesos, unos 130.000 dólares, inalcanzable para un salario promedio de 300 dólares. Además, la discriminación puede cerrar el acceso a personas de ciertos barrios. Para el abogado Cándido Simón, el pobre no es pobre por conformista: es un sistema que mantiene atrapadas a estas comunidades y deja espacio para que incluso los narcotraficantes suplan necesidades básicas donde el Estado no llega.

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