Panamá suele ser descrita como la 'Miami de Latinoamérica'. Sus rascacielos, la línea brillante de la costa y el centro financiero proyectan una imagen de progreso. Sin embargo, bajo ese 'skyline' imponente aparecen otras historias: barrios y familias que luchan por no perder el lugar donde nacieron o donde construyeron su hogar.
En el Casco Antiguo, entre tiendas, cafeterías y hoteles impecables, más de veinte familias habitan una antigua escuela. Esther Marina Sánchez recuerda que fueron desalojados de su vivienda colonial tras las políticas adoptadas luego de que la UNESCO declarara el área Patrimonio de la Humanidad. Rechazaron subsidios que implicaban irse del corregimiento y ocuparon una escuela abandonada, convirtiendo aulas en pequeños departamentos. Para ellos, permanecer allí es un acto de apropiación cultural del espacio y una forma de resistencia frente a la falta de voluntad política para ofrecer viviendas sociales en la zona.
Gentrificación: barrios en disputa
En Santa Ana y El Chorrillo, casas viejas, carteles de 'se vende' y nuevos edificios turísticos revelan un mismo proceso. Vecinos como Ernesto Sánchez han visto cómo las familias de antaño se marchan, tentadas por ofertas elevadas y presionadas porque sus casas "dan mala vista" a las torres modernas. En El Chorrillo, las obras públicas conviven con edificaciones precarias al borde del colapso, mientras crece el temor a convertirse en las próximas víctimas de la gentrificación.
Boca La Caja y San Sebastián también viven bajo la sombra de proyectos que encarecen la tierra y cambian las reglas del juego sin consultar a sus habitantes. En Boca La Caja, Jair Sandro denuncia intentos de imponer una zonificación que reduciría el valor de los terrenos y limitaría su desarrollo. En San Sebastián, Zilka Núñez y Mercedes Pérez describen cómo la autopista, los edificios y la falta de servicios básicos han traído restricciones, discriminación y presión indirecta para irse… pese a que ellas valoran el barrio por su solidaridad y sentido de comunidad.
Alrededor de estos sectores se levantan proyectos con alquileres que rondan los 1.500 dólares y apartamentos de hasta 450.000. Muchos edificios permanecen casi a oscuras por las noches, con propietarios extranjeros y alquileres de corta duración. El economista Richard Morales advierte que el alto costo del suelo y de la vivienda empuja a la población hacia las periferias y crea barreras visibles de clase, pues los servicios y comercios del entorno están dirigidos a quienes tienen mayor poder adquisitivo.
Panamá sigue cambiando rápido. Surgen nuevos edificios, inversiones y promesas. Pero persiste una pregunta: ¿qué pasa con la gente que siempre ha vivido aquí? Para muchos, cada día es más difícil permanecer en el lugar que han llamado hogar. Al final, una ciudad no se mide solo por sus rascacielos, sino por su capacidad de incluir y no dejar atrás a quienes la hicieron crecer.