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Bolsonaro vs. Lula: entre el piloto automático y la 'falta de hambre'

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Bolsonaro vs. Lula: entre el piloto automático y la 'falta de hambre'

El debate entre el presidente en ejercicio y candidato a la reelección, Luiz Inácio Lula da Silva, y su contendiente conservador, el senador Flávio Bolsonaro, dejó la sensación de una prueba superada con bastante fricción televisiva, pero sin grandes definiciones.

A pocos días de que los brasileños acudan a las urnas para el balotaje del 25 de octubre, el encuentro se situó como una carrera de 100 metros con obstáculos donde ambos competidores tropezaron en tramos puntuales, pero lograron mantener el equilibrio, blindar sus núcleos duros de votantes y evitar fugas decisivas. Ambos llegaron a la meta.

En la década de los 40 del siglo pasado, el sociólogo austro-estadounidense Paul Lazarsfeld acuñó una célebre paradoja para la comunicación política: la campaña electoral ha terminado justo cuando estaba por comenzar. El teórico explicaba que la mayoría de los electores toma su decisión basándose en predisposiciones socioeconómicas e ideológicas previas, haciendo que la propaganda formal reactive o refuerce identidades en lugar de provocar conversiones masivas.

El encuentro se situó como una carrera de 100 metros con obstáculos donde ambos competidores tropezaron en tramos puntuales, pero lograron mantener el equilibrio, blindar sus núcleos duros de votantes y evitar fugas decisivas. Ambos llegaron a la meta.

A la luz del debate, la tesis de Lazarsfeld cobra plena vigencia, aunque peca de ambigüedad. Por un lado acierta en el sentido de que ambos candidatos se replegaron a sus nichos de confort, dirigiendo discursos endogámicos a sus propios convencidos y realizando apenas algunos tímidos gestos hacia los indecisos o independientes; y por otro deja abierta la interrogante sobre si ese repliegue táctico alcanza para alterar el resultado de la primera vuelta, siempre contemplando el tan estrecho margen registrado.

El encuentro representaba una prueba de fuego para las dos arquitecturas de campaña. Para Flávio Bolsonaro, senador e hijo del expresidente Jair Bolsonaro, acostumbrado a la oratoria beligerante de la bancada conservadora en el Congreso, el reto radicaba en enfrentar a un veterano de la historia política latinoamericana. Existía el riesgo de perder la compostura o salir por completo de los márgenes de la política formal y disparar enunciados "incorrectos"; sin embargo, logró sostener su guión con relativa contención.

Por su parte, para Lula, con décadas de recorrido en debates presidenciales y lucha política, el peligro consistía en caer en la incitación de un adversario que apelaría a la grosería. Aunque el mandatario mostró chispas de irritación, tampoco se desbordó del todo.

Ambos contendientes lograron encajar duros impactos en el rostro político de su oponente. Bolsonaro abrió el debate poniendo a Lula a la defensiva durante los primeros minutos, mediante la reactivación de acusaciones de corrupción vinculadas a la trayectoria del Partido de los Trabajadores (PT) y cuestionamientos al entorno familiar del presidente. En el área de seguridad, también movió toda la fibra conservadora, no solo para generar irritación en la ciudadanía sino para dibujar su propuesta de gestión.

Lula acusó una falta de 'hambre de gol' en la cancha contraria. En lugar de desplegar una batería de propuestas audaces dirigidas al votante desencantado o periférico, se volcó a proteger sus conquistas históricas, defender su territorialidad política y reiterar la crítica estructural a la derecha.

Lula reaccionó con contundencia al acorralar a Flávio con datos sobre la gestión del coronavirus durante el Gobierno de Jair Bolsonaro y logró arrancarle un mea culpa, algo muy poco asimilable para los conservadores.

Asimismo, frente a los reclamos del candidato del Partido Liberal (PL) por la alta votación obtenida por Lula en los centros penitenciarios, el aspirante izquierdista devolvió el golpe ironizando sobre su deseo que hasta el propio Jair Bolsonaro —condenado a 27 años por la trama golpista de 2023— votara por él, eliminando todo vestigio de complejo político.

En el plano geopolítico e ideológico, Lula repitió el encuadre de su campaña anterior, al cuestionar la alineación irrestricta de la familia Bolsonaro con EE.UU. y con el presidente argentino, Javier Milei. Este enfoque hasta ahora ha beneficiado a la derecha en toda la región, así que no hay variables para pensar que esta vez será diferente.

A pesar de sus aciertos defensivos, Lula acusó una falta de 'hambre de gol' en la cancha contraria. En lugar de desplegar una batería de propuestas audaces dirigidas al votante desencantado o periférico, se volcó a proteger sus conquistas históricas, defender su territorialidad política y reiterar la crítica estructural a la derecha. Reincidió en una narrativa enfocada en los logros de sus mandatos anteriores, ofreciendo pocas claves sobre cómo reconfigurar las dinámicas de desarrollo para las nuevas generaciones. En contraste, el senador Bolsonaro, recurriendo al manual de la derecha internacional contemporánea, articuló un discurso enfocado en el orden, la libertad de mercado y el repliegue del Estado, envolviendo su conservadurismo en una estética de futuro.

Para Flávio Bolsonaro, la campaña electoral parece haber concluido la noche del debate: le basta con administrar la renta electoral acumulada y evitar fisuras en su base. Para Lula, por el contrario, la verdadera campaña recomienza tras el evento.

De cara a la votación del 25 de octubre, las variables aritméticas y la sociología electoral proyectan dinámicas contrapuestas. En la primera ronda electoral, Flávio lideró el escrutinio con un 47,03 % de los votos válidos frente al 45,16 % de Lula, asegurando un margen favorable de casi dos millones de sufragios.

Para la candidatura de derecha, la consigna es mantener encendido el piloto automático, no cometer errores en los días restantes y esperar el cruce de la meta con el apoyo ya fidelizado de su electorado y el de los aliados captados tras la primera vuelta, apoyado siempre por la victoriosa ola conservadora en auge en toda la región.

Por otro lado, la abstención histórica en Brasil se sitúa en torno al 20 %, lo que equivale a más de 30 millones de electores que no ejercieron su derecho en la primera vuelta sobre un padrón total superior a los 150 millones. Para que Lula revierta el resultado, su campaña no puede dar por terminada la contienda, tiene que desmentir no solo los disparos de Bolsonaro, sino también la tesis de Lazarsfeld. Necesita salir a cazar activamente votos en las periferias urbanas, entre los indecisos y, sobre todo, movilizar a un mínimo de 3 millones de abstencionistas hacia sus urnas, asumiendo que su rival no experimente un crecimiento adicional. En un universo abstencionista tan vasto, la cifra es matemáticamente alcanzable, pero requiere un nivel de reactivación territorial y digital sin precedentes en una recta final brasileña.

Para Flávio Bolsonaro, la campaña electoral parece haber concluido la noche del debate: le basta con administrar la renta electoral acumulada y evitar fisuras en su base. Para Lula, por el contrario, la verdadera campaña recomienza tras el evento.

El abanderado del PT dispone de pocas horas para transformar el repliegue en una ofensiva de movilización popular que rompa con la inercia analógica e ingrese plenamente en los sectores populares. En las urnas no solo colisionarán dos modelos económicos y geopolíticos antagónicos, sino que se pondrá a prueba la vigencia misma de la hipótesis de Lazarsfeld. 

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de RT.

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